REFLEXIONES
Carlos
A. Soto Vásquez 10//02/2013
Dice el Libro Eclo. 20, 28:
“El fin del embustero es la deshonra, y lleva siempre encima su deshonor”
Esta recomendación es una
sentencia bíblica, que tiene como objeto un valor moral, al que es invitado a
participar, ¡TODO SER HUMANO!
Hoy sin embargo, aún cuando
desde hace siglos existe esa recomendación, la mayor parte de las actividades
políticas y los altos funcionarios son señalados clara y taxativamente de
MENTIROSOS, CORRUPTOS, LADRONES u otra acusación.
Lo vergonzoso es, que si bien
se los señala o acusa de actos ilícitos o delictivos, de flagrantes engaños u
otros; sin embargo, se les reelige a ellos o a alguien de su agrupación
política que directa o indirectamente están comprometidos con los ilícitos que
les son atribuidos. Para seguir en esa espiral de vicio y delito, los
personajes reelegidos o los miembros de su agrupación que asumen la confianza
de ser elegidos autoridades, nuevamente son cuestionados, son investigados y
hasta producen indignación popular.
Lo que nos llama la atención,
es que aún cuando son cuestionados, tienen la osadía de presentar propuestas,
hacer comentarios, emitir opiniones y hasta liderar causas, posturas o
tendencias de protestas moralistas. Lo repudiable es, que existen ciudadanos
que escuchan a los embusteros, atienden a los corruptos, aplauden a ladrones,
¿Es correcto escuchar, atender, seguir y hasta celebrar las acciones de estos
personajes inmorales? ¡NO! En la jurisprudencia existe la “asociación ilícita
para delinquir”, en las ciencias de la salud mental existe la “identificación
entre pares”, y; en la moral cristiana existe la “identificación entre los
pecadores”.
No podemos negar que todos
tienen la oportunidad de rectificar y corregir sus errores. Pero lo que
usualmente ocurre, es que NUNCA SE REPARA LOS DAÑOS Y PERJUICIOS ocasionados.
La población no puede ser ajena a ese hecho de que NO PUEDE SER CÓMPLICE DE LA IMPUNIDAD.
Podemos darnos cuenta de que
se ha perdido el sentido de la honestidad, el valor de la honradez, la limpia y
transparente honorabilidad. Todo eso parece un conjunto de principios que
existieron en épocas remotas y que hoy son cavernarias,”fuera de onda”,
“pasadas de moda”, entre otras apreciaciones. Aunque se me catalogue como
cavernario o fuera de época, debo señalar que resulta recusable que la prensa
escrita y radiotelevisada, sin escrúpulo alguno les otorgue espacio, tribuna y
hasta el privilegio de grandes titulares a personajes siniestros. Los
periodistas tienen la noble misión de ser mensajeros de buenas y malas
noticias. Es la tarea de los ángeles divinos; sin embargo, amparándose en el
principio de la libertad de expresión, haciendo uso inadecuado de él, destacan
a los delitos como paradigmas a seguir, por su persistencia en esos moldes y
actos. No se conoce que empleen un uso adecuado de la información, para
informar con veracidad, educar en torno a lo ocurrido y orientar sin intereses
ocultos y tendenciosos como suelen hacerlo últimamente.
Los deshonestos, los
estafadores, los ladrones y hasta los asesinos, son distinguidos por la prensa
en grandes titulares, al punto de ser señalados no precisamente como motivo de
escándalo, sino como tipologías paradigmáticas que modelan y moldean las
conciencias y conductas de los jóvenes y los adolescentes. Como evidencia de
esto tenemos, el conjunto de Congresistas, autoridades y funcionarios, que han
venido delinquiendo en el ejercicio de sus funciones, haciendo un mal uso de
sus atribuciones, los que por la presión popular son sancionados… Pero, siguen
apareciendo otros casos y se sigue en lo mismo. Gran responsabilidad tienen los
partidos políticos de tener entre sus filas personajes de oscuras y tan
cuestionables vicios.
Por otro lado, observamos que
constantemente aparecen casos de corrupción y de delitos cometidos por miembros
de la Policía Nacional ,
pero en lugar de corregirse y sancionarse como corresponde, dado que el pueblo
es el que les ha entregado el uniforme, el arma y los honorarios, entre los
mismos efectivos, haciendo un mal uso del “espíritu de cuerpo”, se ocultan los
delitos o se defiende lo indefendible, dejando un sin sabor en la ciudadanía y
genera una mayor desconfianza en ésta institución.
También tenemos, a los
personajes de la farándula, cuyos principios morales, estriban en la
promiscuidad sexual, en el consumo de alucinógenos, en la infidelidad conyugal,
en el insulto, en la envidia, en la bajeza y vulgar expresión de lo que
significa el arte escénico, en las canciones y música que expresan desvalores y
agresiones discriminatorias y atentatorias a la dignidad humana, en el
exhibicionismo sensualista. Todo este conjunto de conductas y acciones reflejan
una tipología que deseduca a los adolescentes y jóvenes, hasta hacerlos
proclives a incurrir en el seguimiento de inmoralidades que no tienen nada que
ver con la modernidad y el aporte tecnológico e informático.
Tenemos, además, gran cantidad
de delincuentes, asesinos, sicarios y otros, que hasta se promocionan a través
de las redes sociales “sus servicios”, los que son imitados por otros pares,
por el hecho de obtener un beneficio económico. Se emplea y se utiliza de
manera escandalosa posbeneficios legales, para delinquir y con ellos se coluden
hasta los fiscales y jueces. Es cierto
que debemos respetar las leyes y respetar los derechos humanos y de todos;
pero, eso no significa “hacerse de la vista gorda”, poniendo como pretexto que
sólo pueden fundar sus juicios y dictámenes legales en lo que las leyes
señalan; también tienen criterios, racionalidad y una tradición cultural a la
que deben respetar; de no hacerlo, están en contra no solo del estado de
derecho, sino de los valores culturales de la
misma sociedad.
Como ven, soy sólo una voz que
pretende invitarlos a la reflexión, para mejorar el estándar de vida y no
estemos involucrados en actos de complicidad, de los embusteros, ladrones,
mentirosos, homicidas y corruptos.
De lo dicho hasta ahora,
observamos que lo más notorio es la MENTIRA.
Un vicio y pecado utilizado por todos, en mayor o menor
dimensión y proporción.. De una u otra manera se utiliza, sea para eximirse de
responsabilidad, sea para aparentar algo que no es, sea para hacer una promesa,
sea para engañar en algo que pueda sacar
algún provecho, sea para hacer sentir bien a los demás como un elogio, etc.
Los motivos son diversos.
En los últimos tiempos, es
mucho más usual y quiénes más la emplean son los dedicados a la política. Sea
para hacerse del poder o para cuestionar la gestión de las autoridades de
turno. Una forma común es ofrecer las “verdades a medias”; es decir, se dicen
afirmaciones incompletas o se realizan denuncias manipuladas. Estas son
mentiras en todo el sentido de la palabra; son expresiones engañosas, las que
utilizan los políticos para tener notoriedad en la ciudadanía y obtener el
beneficio pretendido.
Son los medios de comunicación
social, con su intervención, quiénes hacen que las formas y estilos de conducta
viciados de los políticos, los deshonestos, los estafadores, los ladrones, los
mentirosos y hasta los asesinos sea exaltada, en lugar de su repudio… Y todo,
porque utilizan el “estribillo” de turno, sea veraz o “a medias verdades”, con
el que se destruyen honras o para dejar flotando en el ambiente la
incertidumbre; de manera que, el propósito pactado con los grupos de poder
económico, al que representan, alcance sus objetivos.
Me parece pertinente invitar a
la ciudadanía, a que por un instante en su agotadora lucha por construir su
futuro y el de su familia, evalúen reflexivamente, sin influencias o consignas
a quiénes les van a ofrecer su respaldo y apoyo para que dirijan los destinos
del país. Hasta ahora, los que han sido autoridades, en mayor o menor
proporción han traicionado la confianza en reiteradas ocasiones. Los que se
proponen para su reelección, señalan que es necesario contar con “la
experiencia”, para evitar errores. Lo deleznable de su argumento, es que son
ellos los que vuelven a incurrir en errores, y ¡Mas grave aún! En delitos.
A los que son reelegidos, no
les interesa en lo más mínimo el interés nacional. Sólo les interesan sus
propósitos personales. Una vez en el poder, se olvidan de los que les apoyaron;
éstos son sólo piezas útiles para sus propósitos y proyectos personales. Somos
testigos, todos, de que las reuniones que celebran las autoridades elegidas o
reelegidas, son para la coordinación correspondiente con los grupos de poder
económico. El pobre ciudadano que con su esperanza a cuestas, ya no participa
de las reuniones de coordinación; es más, ¡Ya no se le consulta! Los proyectos
y las obras, ahora están en manos de los “técnicos”… ¡Ellos si saben de las
necesidades del pueblo!
En Eclo. 13, 1. 3. 5., leemos:
“El que con pez anda se mancha, y el que trata con soberbios, se hace semejante
a ellos… ¿Qué le dará el caldero a la olla? Chocar con ella y quebrarla…
Mientras les seas útil se servirá de ti; cuando no valgas nada te abandonará”
Esta es la cuestión. Debemos
evaluar con criterio y buen juicio al momento de decidir, quien va a dirigir
los destinos nuestros y de nuestros descendientes. Elegir una autoridad, supone
tener amplitud de criterio y no solo bastan consignas partidarias. Es
determinar el bien común, el beneficio para las grandes mayorías y no sólo para
determinado grupo de poder. Lo principal es la honestidad y la verdad, la
honradez y transparencia.
Una autoridad corrupta o
presuntamente corrupta, ladrona o presuntamente ladrona, ¡NO ES AUTORIDAD! Es
un dictador, es un mal modelo, pues merece todo el repudio y rechazo de la
ciudadanía. Si es reelegido, a pesar de las presunciones, ¡Ese pueblo se merece
los resultados y consecuencias de sus decisiones!
Quien traiciona
a un pueblo, es un delincuente, porque ha ido en contra de lo establecido por
la ley; además atenta contra las grandes mayorías, que por lo general son los
pobres, aprovechándose de su condición de “autoridad”, se enriquece, no
desarrolla los proyectos y beneficios para todos, sino sólo para quiénes le
ofrecen coimas; también urde y trama el dolo, el engaño, el fraude y los
negociados. Es por ello que son y deben ser inelegibles.
Los pueblos y
sociedades necesitamos, autoridades dignas y honestas, que no tengan siquiera
sospechas de turbidez en sus vidas o gestiones públicas. El sólo hecho de
presunción delictiva o de compromiso en acciones dolosas o corruptas, genera
desconfianza y si somos sus electores, ¡Somos cómplices del delito!