viernes, 14 de octubre de 2011

CAMINEMOS HACIA DIOS: La sangre de Cristo es sanadora

Reconozco que tengo tanto por reparar, por mejorar, por pedir perdón, por sanar. Así como han pasado los días que he vivido; así también, he cometido errores. No he cumplido con los mandatos de Dios. Lo lamentable es, que lo he hecho, sin proponerme hacerlo; pero, es grave que, aún conociendo las leyes de Dios, ¡Ahí está mi pecado!
No sólo debo admitir, que he pecado en muchas ocasiones; sino que, ¡Me arrepiento de ello! ¡Me siento avergonzado de no haber sido leal! He intentado reparar y buscar la reconciliación con Dios; sin embargo, hay cuestiones que no he podido resolver. Sea por falta de oportunidad, de recursos, de medios, de condiciones, de voluntad. El resumen es, ¡Soy débil! ¡Soy humano! Reconozco mi condición, ¡De pecador! ¡Necesito Ayuda!
Viene a mi mente, como un latigazo que azota mi cara. Jesús hablándome directamente: “Yo, pagué tus faltas, tus errores, con mi sangre”. De inmediato, recordé su entrega y sacrificio; por eso expreso, ahora:
“Señor Jesús, reconozco que soy pecador, que a pesar del tiempo, del conocimiento… ¡Sigo fallando! ¡Sigo siendo débil! ¡Fracaso ante la tentación!
Soy consciente, de mis faltas de amor, de honestidad, de sinceridad, de honradez, de lealtad y de pureza.
Me lamento de haber actuado así. Me siento un miserable, un ser repudiable, por no saber apreciar tu inmenso amor. ¡Perdóname, Señor! Me arrepiento de mis faltas, errores y pecados. Ahora, no sólo te pido tu perdón; sino, ¡LA SANACIÓN, LA LIBERACIÓN Y LA PURIFICACIÓN!
Señor Jesús, me pongo delante de ti, me hinco y me pongo a tu entera disposición. Deseo que una gotita de tu sangre, la más pequeña de todas; tal vez, la salpicadura de una gotita de tu sangre, que haya caído en el calvario, ¡Me la ofrezcas!
Esa pequeñísima muestra de tu sangre bendita, me sea útil. Para sanarme, liberarme y purificarme. Esa pequeñísima muestra de tu sangre, es tan; pero, ¡Tan valiosa! ¡Más que toda la humanidad!
Te pido que fluya, por mi torrente sanguíneo; partiendo por el corazón y se vaya impregnando en los ventrículos y aurículas. Luego, que vaya recorriendo por la aorta; llegue a los pulmones y desde ahí se traslade al cerebro y cerebelo. Que toque los órganos visuales y auditivos. Que recorra las fosas nasales e ingrese al aparato digestivo, vaya por la boca, la faringe, la laringe, el esófago, el estómago e intestinos. Que en su trayecto, no descuide todas las glándulas. Asimismo, que recorra los órganos internos, el hígado, páncreas, vesícula, riñones, vejiga, aparato reproductor. Acuérdate también, de nuestras extremidades, brazos y manos, piernas y pies. Ahora, Señor, que todos los vasos capilares, vasos sanguíneos, los músculos y huesos, sistema nervioso y cartílagos, cada átomo y molécula, cabellos y uñas; así como, todo mi cuerpo sea inundado, por esa sangre preciosa.
Jesús amado, gracias por dejar fluir, tu preciosa sangre, en mi ser. ¡No merezco tal bendición! ¡Eres lo más maravilloso y único que conozco! ¡No hay nadie más generoso, bueno y amoroso, que tú! ¡Bendito seas!
Finalmente, Señor, ya que has tocado mi cuerpo totalmente. Ahora te pido, que esa muestra de tu sangre preciosa, recorra mi espíritu. Que ingrese en mi conciencia, mi subconsciente e inconsciente. Que también, recorra mi mente, mis pensamientos, mis recuerdos, mi memoria, mis sentimientos, mis emociones, mi personalidad, mis hábitos, mis costumbres e ideas. Que fluya y vaya impregnando tu presencia, de manera que sane, libere y purifique mi ser.
Que sane mi cuerpo y pueda con él, ofrecer mi testimonio de tu gran amor; para que pueda transmitir tu mensaje de Salvación; como un obrero, en la construcción de la Civilización del Amor.
Que libere mi cuerpo, de enfermedades o males, que me impiden desarrollar mejor mis capacidades, a tu servicio.
Que purifique mi cuerpo, para ser una constante ofrenda a tu servicio y a los demás.
También, que sanes mi espíritu del sufrimiento de las necesidades extremas, de mis errores y fallos; que liberes mi espíritu del pecado y de todo aquello que me aleja de ti; que purifiques mi espíritu y mi conciencia. Es decir, todo mi ser, para mostrar tu rostro que reflejas en cada uno de los Hijos tuyos.
Señor, no sé cómo hablarte. A veces, siento que soy torpe y me equivoco; que no sé como expresarte lo que siento en mi interior. Por lo general, ¿Sabes? Creemos que sabemos hablarte; pero, somos limitados, no tenemos la habilidad para hacerlo. Porque, no describimos correctamente, por ser finitos; sin embargo, Señor, siento que aún así nos comprendes. Señor, ¡Tú eres maravilloso! ¡Inmensamente bueno y generoso!
Quisiera terminar, diciéndote, Señor, que estoy eternamente agradecido, porque al expresarte lo que soy y siento; creo o me parece, que de alguna manera, ¡Alguien necesita de ti! Si, yo puedo ser el mediador, la voz de esperanza, ¡Estoy a tu disposición!
Bien conoces, Señor, mis necesidades materiales y espirituales. Las pongo delante de ti. ¡Ayúdame a cumplir con mis compromisos! Pon delante de mí, a quién o quiénes sean los mensajeros y protectores que contribuyan en la difusión de tu Evangelio. Que éste ¡Sea vivo, eficaz y esperanzador!
Padre amado, me inclino ante ti, me postro ante tu magnificencia, y; te imploro me atiendas; lo hago, en el nombre de tu Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo.
Gracias Padre, por escucharme, por atender mi pedido, por darme respuesta. Por tu gran amor incomparable.
Gracias Jesús, Por tu amor y entrega, por enseñarnos a tener fe. Gracias por aumentar mi fe.
Gracias Espíritu de Amor, por alimentar mi amor, mi fe y acrecentar mi esperanza.
Gracias, Dios mío, por ser, ¡Todo para mí!
Amén.


CAMINEMOS HACIA DIOS: ¿Qué es el hombre, para que te acuerdes de él?

Hacen tres semanas me preguntaba, ¿Vale la pena escribir y publicar estas vivencias? Me respondía a través de las razones expuestas en ese momento. Pero, algo más importante que el solo hecho, de dar a conocer los encuentros y experiencias de vivir lo que nos ofrece Dios; es, ¡Dar testimonio de su amor! ¡Hacer conocer su mensaje! ¡Dar signos de Esperanza!
Durante, esta última semana, me ha tocado volver a vivir situaciones, ¡Qué creí haber superado! Para ser exactos, éste Martes, último, salgo de mi casa, como a las 3 de la tarde, y, ¡Vaya usted a saber! La sorpresa que me doy. Los vecinos de al lado, estaban limpiando su casa y todas las cosas inútiles, tales como retazos de vidrios, maderas apolilladas, cajas viejas, costales llenos de desmonte y tierra, etc. ¡Lo habían tirado en mi frontis! Vaya, ¡Qué malestar! No es la primera vez que lo hacen. Tienen la costumbre de barrer o limpiar su casa; luego, arrojan la basura a los frontis de las casas de los vecinos.
Cada vez que se les reclama su proceder, ¡Se niegan! Además, responden groseramente y con amenazas de agresión y violencia.
Mi primera reacción, fue enojarme y luego reclamarle a uno de ellos. Su respuesta fue, como lo dije antes, ¡Negar los hechos!
Ponerse a discutir con ellos, ante lo evidente, ¡Es perder el tiempo! ¡Es maltratar al espíritu! ¡No tener paz1 Por último, ¡Llenarse de ira! En buena cuenta, apagar el Espíritu de Amor, en nuestras vidas.
¿Es correcta la actitud que asumí? ¡Podría pensarse que no! Pero, tendrían que compartir la vida, con tantas personas, como ciudadanos y días existan; para que comprendan mi actitud.
Después de ponerme en oración y pedirle a nuestro Señor Jesucristo, me conceda la paz interior, ¡Qué tenga tranquilidad, que no me irrite ni me enoje! Así como, que estas personas cambien de actitud y la mejoren, por su propio bien. Por fin ¡Tuve paz!
Dos días después, he visto, para mi sorpresa que, ¡Limpiaron todo! En otras ocasiones, la basura o cualquier desecho sólido, orgánico o inorgánico, lo dejaron ahí tirado, como dije, en los frontis de las casas de los vecinos. De manera que, los vecinos afectados, Tenían que limpiar sus frontis. Esta vez, no ocurrió así Fue, entonces, que vino a mí la siguiente pregunta: “Dios mío, ¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él?”
Si queremos obtener respuestas, ¡Hay muchas en la Biblia! Tenemos las de Job, Tobías, Jeremías, Isaías, Éxodo, los Evangelios, etc. Cada una tiene algo que decirnos, algo que enseñarnos.
En mi caso, considero que la respuesta más apropiada está en el Libro de los Proverbios, 30, 5ss.
“[5] Las palabras de Dios pasan cualquier prueba, son un escudo para los que confían en él. [6] No agregues nada a sus palabras: te reprendería y te demostraría que mientes. [7] ¡Dos cosas te pido, Dios mío, no me las niegues hasta el día de mi muerte: [8] aleja de mí la falsedad y la mentira, no me des ni pobreza ni riqueza. Dame sólo mi ración de pan. [9] Porque con la abundancia podría dejarte y decir: "¿Pero, quién es Yavé?" Y en la miseria podría ponerme a robar: lo que sería deshonrar el nombre de mi Dios!”
Inmerso en este hermosos texto, podemos rescatar lo que, nos hace individuos, lo que nos hace hombres o mujeres, lo que nos hace personas e hijos de Dios. ¿Cuál es la diferencia? ¡Muchas, son las diferencias!
Para ayudarnos a entenderlo, diremos que en un primer nivel, el remoto, se encuentra nuestra animalidad. Está gobernado por nuestros instintos, tales como el de supervivencia, el sexual, el de protección, entre otros. Es, entonces, por esta razón que se delinque, se mata, se es violento, agresivo, se viola sexualmente, se roba. ¿Tenemos calidad humana en este nivel? ¡NO! Aquí, generalmente, somos irracionales. No medimos las consecuencias. En ocasiones eso es lo que prima y no podemos controlarlo.
El segundo nivel, corresponde a un grado superior al de la animalidad. Pues, aquí fundamentalmente, nos diferenciamos de los animales. Al menos, somos pudorosos, tratamos de controlar nuestra agresividad, intentamos llevarnos bien o coparticipamos con nuestros congéneres, al menos respetamos a los que por lo menos piensan como nosotros. Si bien, es posible, no dar rienda suelta a nuestros instintos; al menos, no es tan descarado o evidente, como en el primer nivel.
El tercero, se refiere a la calidad humana. Es donde la razón se impone a la pasión, los criterios y valores a los instintos. Es decir que, la persona adquiere una categoría superior, en donde hay y existe, un gran desarrollo: moral, de dominio de sí mismo, intelectual, de personalidad. Todo esto se evidencia en, su pensamiento integral, en sus habilidades, creatividad, ingenio, aptitudes. En este nivel, se encuentran todos aquellos que han destacado, ofreciendo sus capacidades en beneficio de la humanidad y del cosmos.
Es importante señalar, ¡NO SE TRATA DE TENER Y POSEER BIENES MATERIALES! Se trata, entonces, de calidad humana, poseer un conjunto de valores humanos. De estas personas, hay muchas en el mundo. Las encontramos en la cotidianidad de la vida, y no siempre, en los periódicos, revistas, TV, radio, etc. Estos no necesitan de publicidad, para contribuir con la humanidad.
Finalmente, el cuarto nivel, corresponde a todos aquellos, que por la libre decisión de aceptar el Bautismo, o la identificación plena y absoluta de ser considerado Hij@ de Dios, asumen esta condición. ¿Qué pasa con estas personas? Pues, si bien es cierto que tienen y poseen todos los niveles anteriores y como no pueden prescindir de ellos; sin embargo, existe algo, que no tienen los demás: Es la capacidad de amar, de tener fe en Dios y en los demás, de vivir en la esperanza de la salvación.
Para todo esto, se deja conducir por el Espíritu de Amor; de manera que, es capaz de: Distinguir lo que procede o no de Dios; tener control y dominio de sí mismo en sus instintos y emociones; ser solidario y buscar el bien común; obrar con justicia, siempre; promover apoyando la paz y la armonía entre todos. En suma, es la perfectibilidad de la creación de Dios.
Ahora bien, a partir de lo expresado, podemos ubicarnos y saber a ciencia cierta, ¡EL NIVEL QUE NOS CORRESPONDE!
Aquí no se trata de estigmatizar a unos y elogiar a otros. Se trata de ser equilibrados y justos. Por eso, es importante, ser honestos con nosotros mismos, ser capaces de autoevaluarnos y ser lo más sinceros posible, en admitir nuestra condición real.
En ocasiones se afirma, “A mayor educación, mayor calidad de persona”; en otras ocasiones, se dice: “Ser profesional, hace mejores personas”. La verdad es que, las dos afirmaciones, en general, no los hacen ubicarse siquiera en el segundo nivel. Hemos sido testigos, que las violaciones de las leyes y normatividad de una sociedad, las buenas costumbres, los valores humanos; son realizadas por profesionales, gente de “buena familia” o de “buena posición económica y social”. Por tanto, la capacitación, preparación o instrucción adquirida, ¡NO HACE PERSONA A NADIE! La calidad humana, se logra y hace por los valores inculcados en la familia, por la sensibilidad para con los suyos y todo el cosmos.
Los acontecimientos que hoy en día, se viven en todo el planeta, tales como la violencia en medio oriente, en Europa del Este, entre los africanos, las tensiones y conflictos que existen internamente en América del Sur, etc. ¿En qué niveles se les ubica a estos? ¡EN EL PRIMERO!
Porque lo único que han hecho es, ¡MATARSE UNOS A OTROS! Lo peor de ello es, la condición más remota y primitiva de la naturaleza humana, la tienen los que ordenan dichas matanzas y guerras. Sean estos, gobernantes, autoridades, empresarios, políticos, militares, o quiénes sean. ¡ESTOS NO SUPERARON EL PRIMER NIVEL! Aunque justifiquen sus acciones, con el derecho sea institucional o internacional, o de la naturaleza que sea. Cabe entonces, preguntarse, ¿Cuánto vale una vida?
¿Acaso una disculpa? ¿Una cantidad de dinero? ¿Un dispositivo legal? ¿Un tiempo en la cárcel? ¿Otra vida?
Ninguna respuesta, en base a lo dicho, podrá devolver la vida a nadie. La pérdida de una vida humana, ¡ES IRREPARABLE! ¡ES INSUSTITUÍBLE! Porque, no hay manera de reemplazarla, de hacerla, de crearla. Todas las personas tienen un gran valor, por el hecho de ser humanos y estar vivos. Esto es, desde el momento de la concepción.
La destrucción de la vida, sea por el o los motivos que sean, envilecen a quiénes la propiciaron y los que la ejecutaron.
La vida, es un DON DE DIOS. Este don, fue dado generosamente a las personas, para que compartieran la vida y el cosmos, a fin de desarrollarlo, beneficiándose todos de él.
Entonces, ¿Qué podemos hacer?
Padre bueno, ahora me pongo delante de ti, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, para que me escuches y me ayudes a ser mejor persona. Te pido, me enseñes descubrir la misión que tengo en la vida, lo que debo hacer; perdona los enojos y resentimientos que he tenido; también, si he causado daño o perjuicio a otros; si he maltratado o he sido agresivo y violento; si me he dejado influir por mis instintos, ¡Sáname, Señor!
Te pido que, llenes de amor esas heridas, para que tenga paz y tranquilidad, paciencia y bondad, tención y cuidado de mis hermanos, control y dominio de mi mismo. ¡Bendito seas!
Gracias, Padre Amado. Gracias, Señor Jesucristo. Gracias, Espíritu de Amor.
Me siento complacido, porque has respondido y correspondido mis deseos e intenciones. Me pongo a tu disposición, Señor.
Amén.