No ha sido fácil. Las cosas quiero hacerlas de manera que no afecte o haga daño a nadie; sin embargo, el maligno nos pone cada zancadilla. Para eso utiliza a los mismos seres humanos. Su propósito es hacernos perder la paciencia.
Así tenemos, transportistas que no cumplen su responsabilidad, poniendo en riesgosa vida de los pasajeros que lleva en su vehículo. Haciendo paradas innecesarias, retrasando la frecuencia de la fluidez de los vehículos de servicio público.
En ese contexto, ¿Dónde está mi compromiso? ¿Cómo cumplir la misión encomendada? He tenido que hacer un gran esfuerzo por no impacientarme, irritarme o pensar mal. Es en esos momentos que tenemos que ser suaves y limpios de corazón y espíritu. Para que no se pueda caer en pecado. Es en ese momento que se debe orar y poner en manos de Dios nuestra vida. Abandonarnos a Jesucristo.
¡Así lo hice! Luego me sentí mejor, porque no guardé ningún sentimiento adverso a aquél transportista. Como se puede apreciar, ¡No es fácil ser cristiano! Tampoco tener buenos sentimientos. El maligno nos lanza dardos incendiarios; muy sutiles, por cierto, pero tan convincentes que es posible que sucumbamos en su engaño y trampas. ¿Acaso no es justo reclamarle por conducir imprudente e irresponsablemente al transportista? ¡Desde luego, que sí! Pero, hay que guardar las formas y sobre todo no alimentarlo de ira o violencia.
Tenemos que hablar y exigir, sintiendo paz interior y sobre todo tener prudencia para dirigirnos y responderle. ¡Eso es importante! Hemos de considerar que las motivaciones del transportista no las conozco. Las puedo suponer. Pero, ¡No tengo la certeza!
No estoy de acuerdo con su actitud ni la acepto, porque atenta contra la seguridad, la vida y el derecho de todos los pasajeros. Su conducta es reprochable, injusta, de toda la forma recusable. Pero, como ya dije, ¡No puedo pecar pensando mal, respondiendo o señalándole mal!
Mi temperamento siempre ha sido el de reclamar, en ocasiones airadamente, ¡Exigiendo la prudencia, la moderación o rectificación! De quiénes a mi juicio transgredían las normas o el derecho de los demás. El sólo hecho de solicitarle mayor cuidado y atención a sus funciones, así como, su responsabilidad. Con firmeza, sin agresividad, en esta ocasión, ¡Ha sido un logro para mí! En otros tiempos, mi reacción hubiera sido muy agresiva y casi intolerable.
Se preguntarán, ¿A qué viene todo eso que estoy diciendo? Solo a una cuestión: No somos capaces de comunicarnos correctamente; tampoco ser prudentes y tolerantes. Menos aún, respetar a las personas y recusar sus faltas o desaciertos. Por lo general, explotamos y damos rienda suelta a lo que guardamos en nuestro espíritu interior.
Eso me recuerda a un amigo del pasado. Lo tengo presente siempre a José Luís, porque estando en una campaña de evangelización, los dos formábamos parte de un Equipo de trabajo y Conducción, de la cruzada. Él, en un momento dado, me dijo: “Carlos, ¿Sabes? Te voy a decir directamente. Siento que no estás aportando nada. Sólo ocupas un espacio. Estás ahí, pero no hay nada de parte tuya”. Sinceramente, me sentí dolido, porque yo intervenía, conversaba, oraba, participaba como todos. No entendía nada de lo que me dijo José Luís.
No sé si se refería a que carecía de la presencia del Espíritu de Amor o que mi aporte era solo intelectual y no espiritual; o tal vez, era sólo lección aprendida. La verdad es que nunca lo entendí. Más bien guardé en mi interior un silencio y desde luego me quedé resentido. Nunca le reproché nada, le dije o le pregunté algo al respecto. Sólo me quedé callado… y en silencio he guardado por años ese sentir.
En otra ocasión, un amigo me invitó para que le apoye en un Proyecto Educativo. Este, era para ofrecerle una alternativa diferente a los jóvenes frente al narcotráfico; para que mejoren sus condiciones de vida y sea un mecanismo de inserción, dentro del estado de derecho y eviten caer en la delincuencia.
El acuerdo a que llegamos fue, que lo acompañara por cinco años. Luego de este tiempo, le solicité me apoyara con un año sabático. Era para actualizarme y así poder apoyar en alguna otra obra de bien social o comunitaria. Todo fue muy bien los primeros dos años, aunque había problemas económicos, pero, al fin, el proyecto se iba consolidando.
Fue al cuarto año, que éste amigo, decidió salir del proyecto e irse a otra misión. Frente a esta situación le pregunté, ¿Quién y cómo se resolvería el acuerdo que hicimos? La respuesta que me dio fue: “¿De qué acuerdo me hablas? Yo no sé nada. ¿Hay algo que firmé?”
De plano, me quedé hecho una pieza congelada. Jamás pensé que un presbítero fuera capaz de desconocer y negarse a su promesa y compromiso. Si al menos me hubiera explicado, que no la podía asumir y que haría un esfuerzo por compensar mi tiempo ofrecido al proyecto… ¡Lo habría comprendido y aceptado!
Siento que fui objeto de un engaño. ¡Eso me resintió terriblemente! En esas circunstancias, vino el sexto año en el mismo proyecto, el que fue asumido en su conducción, por otro presbítero. Este nuevo director, lo primero que hizo, fue visitarme y proponerme que le ayudara haciendo un inventario y actualización de la documentación de formación académica de los estudiantes. Se comprometió, para esta tarea, una compensación económica extraordinaria. La que acepté.
Realicé mi trabajo y le ofrecí los informes correspondientes, después de dos meses de intenso trabajo. Cuando le solicité el reconocimiento económico que por su iniciativa me ofreció. La respuesta fue: “¿Qué pago me pides? ¿Yo te ofrecí algo? Que yo recuerde, no tengo ningún compromiso de pago contigo”.
Una vez más, fui engañado y utilizado por un presbítero. El tener resentimiento hacia dos personas que equivocadas en lo que significa su ministerio y la pureza de sus vidas, fue corroyendo mi alma; porque, más daño me ha hecho a mí, que probablemente a ellos. He tenido guardado ese sentir, por muchos años. Desde luego, me ha creado una serie de sentimientos encontrados.
El primero y más grave, ha sido desconfiar de todos los presbíteros, obispos y miembros de la jerarquía eclesial. Mi pensamiento ha sido, considerarlos hipócritas y malos pastores; porque dicho sea de paso, inclusive un obispo, en una ocasión me ofreció ayudarme, después de la experiencia vivida con los presbíteros. El resultado fue, que nunca tuve su apoyo. Su teléfono o su oficina, ¡Nunca me atendió! ¿No creen que hubo razones suficientes para juzgar mal a estos miembros de la iglesia? ¡SÍ! Yo creo que sí. Pero, ¿Saben? Hoy, después de tantos años, los pongo a ellos y su encuentro conmigo, delante de Dios. Le pido a nuestro Padre Amado, para que en nombre de su Hijo Amado, Jesucristo, sane ese momento. Y si no tuvieron la posibilidad de darme una respuesta a sus compromisos. Que sea nuestro Señor Jesucristo, quien les ayude a mejorar su condición, su ministerio y su responsabilidad... y en mi caso, me ayude a perdonarlos y que me dé la ocasión de reconciliarnos, encontrando el momento de sanar esa experiencia, para que los libere de lo que dijeron y se comprometieron, y no pudieron responder.
Como podrán comprender, son algunos casos, de los muchos que me ha tocado vivir, pero que por los sentimientos que generan, ¡Nos alejan del don de Dios! Nos perjudican en nuestra personalidad, carácter, temperamento, en nuestras relaciones con los demás. Pues, en adelante, cualquier acción va a estar cargada de emociones y sentimientos negativos, los que nos tienen atados y no nos permiten ser felices, o al menos nos permitan ser aceptados por los demás.
Pero, ¿Qué tiene que ver todo esto con nuestra vida cotidiana? ¡Mucho! Los sentimientos crean en nosotros una estela que nubla nuestro espíritu y nosotros somos vistos distorsionados. Los demás nos ven como personas complicadas, acomplejadas, frustradas, envidiosas y no auténticas. De ahí nace nuestra infelicidad, nuestras limitaciones y fracasos.
En mi caso, yo no he tenido éxito en casi nada de lo que me he propuesto. Porque esos sentimientos me han hecho sentir atado. No me han dejado ser libre y disfrutar de los dones que Dios me ha dado. Aún ahora, no tengo ni siquiera un trabajo estable o un medio que me ayude a sobrevivir como quisiera. Pero, ¿Saben? Después de ser consciente de mi situación y haber experimentado mí encuentro con Dios, ¡Me siento libre y con mejor ánimo y disposición!
Aún no sé, cómo voy a pagar las cuentas que tengo pendiente. Solo sé que estoy libre de sentimientos opresores como el resentimiento, la intolerancia, la irritación, el pensamiento acusador.
Por ello, si en algo ayuda esta experiencia a usted que tiene la ocasión de leer estas líneas. Solo le ofrezco un camino a seguir: JESUCRISTO ES EL CAMINO. Acuda a Él y por gracia del Espíritu de Amor, podrá reconocer y encontrar el camino de liberación de la muerte (pecado) para hallar el Camino de Salvación (Vida).
Así tenemos, transportistas que no cumplen su responsabilidad, poniendo en riesgosa vida de los pasajeros que lleva en su vehículo. Haciendo paradas innecesarias, retrasando la frecuencia de la fluidez de los vehículos de servicio público.
En ese contexto, ¿Dónde está mi compromiso? ¿Cómo cumplir la misión encomendada? He tenido que hacer un gran esfuerzo por no impacientarme, irritarme o pensar mal. Es en esos momentos que tenemos que ser suaves y limpios de corazón y espíritu. Para que no se pueda caer en pecado. Es en ese momento que se debe orar y poner en manos de Dios nuestra vida. Abandonarnos a Jesucristo.
¡Así lo hice! Luego me sentí mejor, porque no guardé ningún sentimiento adverso a aquél transportista. Como se puede apreciar, ¡No es fácil ser cristiano! Tampoco tener buenos sentimientos. El maligno nos lanza dardos incendiarios; muy sutiles, por cierto, pero tan convincentes que es posible que sucumbamos en su engaño y trampas. ¿Acaso no es justo reclamarle por conducir imprudente e irresponsablemente al transportista? ¡Desde luego, que sí! Pero, hay que guardar las formas y sobre todo no alimentarlo de ira o violencia.
Tenemos que hablar y exigir, sintiendo paz interior y sobre todo tener prudencia para dirigirnos y responderle. ¡Eso es importante! Hemos de considerar que las motivaciones del transportista no las conozco. Las puedo suponer. Pero, ¡No tengo la certeza!
No estoy de acuerdo con su actitud ni la acepto, porque atenta contra la seguridad, la vida y el derecho de todos los pasajeros. Su conducta es reprochable, injusta, de toda la forma recusable. Pero, como ya dije, ¡No puedo pecar pensando mal, respondiendo o señalándole mal!
Mi temperamento siempre ha sido el de reclamar, en ocasiones airadamente, ¡Exigiendo la prudencia, la moderación o rectificación! De quiénes a mi juicio transgredían las normas o el derecho de los demás. El sólo hecho de solicitarle mayor cuidado y atención a sus funciones, así como, su responsabilidad. Con firmeza, sin agresividad, en esta ocasión, ¡Ha sido un logro para mí! En otros tiempos, mi reacción hubiera sido muy agresiva y casi intolerable.
Se preguntarán, ¿A qué viene todo eso que estoy diciendo? Solo a una cuestión: No somos capaces de comunicarnos correctamente; tampoco ser prudentes y tolerantes. Menos aún, respetar a las personas y recusar sus faltas o desaciertos. Por lo general, explotamos y damos rienda suelta a lo que guardamos en nuestro espíritu interior.
Eso me recuerda a un amigo del pasado. Lo tengo presente siempre a José Luís, porque estando en una campaña de evangelización, los dos formábamos parte de un Equipo de trabajo y Conducción, de la cruzada. Él, en un momento dado, me dijo: “Carlos, ¿Sabes? Te voy a decir directamente. Siento que no estás aportando nada. Sólo ocupas un espacio. Estás ahí, pero no hay nada de parte tuya”. Sinceramente, me sentí dolido, porque yo intervenía, conversaba, oraba, participaba como todos. No entendía nada de lo que me dijo José Luís.
No sé si se refería a que carecía de la presencia del Espíritu de Amor o que mi aporte era solo intelectual y no espiritual; o tal vez, era sólo lección aprendida. La verdad es que nunca lo entendí. Más bien guardé en mi interior un silencio y desde luego me quedé resentido. Nunca le reproché nada, le dije o le pregunté algo al respecto. Sólo me quedé callado… y en silencio he guardado por años ese sentir.
En otra ocasión, un amigo me invitó para que le apoye en un Proyecto Educativo. Este, era para ofrecerle una alternativa diferente a los jóvenes frente al narcotráfico; para que mejoren sus condiciones de vida y sea un mecanismo de inserción, dentro del estado de derecho y eviten caer en la delincuencia.
El acuerdo a que llegamos fue, que lo acompañara por cinco años. Luego de este tiempo, le solicité me apoyara con un año sabático. Era para actualizarme y así poder apoyar en alguna otra obra de bien social o comunitaria. Todo fue muy bien los primeros dos años, aunque había problemas económicos, pero, al fin, el proyecto se iba consolidando.
Fue al cuarto año, que éste amigo, decidió salir del proyecto e irse a otra misión. Frente a esta situación le pregunté, ¿Quién y cómo se resolvería el acuerdo que hicimos? La respuesta que me dio fue: “¿De qué acuerdo me hablas? Yo no sé nada. ¿Hay algo que firmé?”
De plano, me quedé hecho una pieza congelada. Jamás pensé que un presbítero fuera capaz de desconocer y negarse a su promesa y compromiso. Si al menos me hubiera explicado, que no la podía asumir y que haría un esfuerzo por compensar mi tiempo ofrecido al proyecto… ¡Lo habría comprendido y aceptado!
Siento que fui objeto de un engaño. ¡Eso me resintió terriblemente! En esas circunstancias, vino el sexto año en el mismo proyecto, el que fue asumido en su conducción, por otro presbítero. Este nuevo director, lo primero que hizo, fue visitarme y proponerme que le ayudara haciendo un inventario y actualización de la documentación de formación académica de los estudiantes. Se comprometió, para esta tarea, una compensación económica extraordinaria. La que acepté.
Realicé mi trabajo y le ofrecí los informes correspondientes, después de dos meses de intenso trabajo. Cuando le solicité el reconocimiento económico que por su iniciativa me ofreció. La respuesta fue: “¿Qué pago me pides? ¿Yo te ofrecí algo? Que yo recuerde, no tengo ningún compromiso de pago contigo”.
Una vez más, fui engañado y utilizado por un presbítero. El tener resentimiento hacia dos personas que equivocadas en lo que significa su ministerio y la pureza de sus vidas, fue corroyendo mi alma; porque, más daño me ha hecho a mí, que probablemente a ellos. He tenido guardado ese sentir, por muchos años. Desde luego, me ha creado una serie de sentimientos encontrados.
El primero y más grave, ha sido desconfiar de todos los presbíteros, obispos y miembros de la jerarquía eclesial. Mi pensamiento ha sido, considerarlos hipócritas y malos pastores; porque dicho sea de paso, inclusive un obispo, en una ocasión me ofreció ayudarme, después de la experiencia vivida con los presbíteros. El resultado fue, que nunca tuve su apoyo. Su teléfono o su oficina, ¡Nunca me atendió! ¿No creen que hubo razones suficientes para juzgar mal a estos miembros de la iglesia? ¡SÍ! Yo creo que sí. Pero, ¿Saben? Hoy, después de tantos años, los pongo a ellos y su encuentro conmigo, delante de Dios. Le pido a nuestro Padre Amado, para que en nombre de su Hijo Amado, Jesucristo, sane ese momento. Y si no tuvieron la posibilidad de darme una respuesta a sus compromisos. Que sea nuestro Señor Jesucristo, quien les ayude a mejorar su condición, su ministerio y su responsabilidad... y en mi caso, me ayude a perdonarlos y que me dé la ocasión de reconciliarnos, encontrando el momento de sanar esa experiencia, para que los libere de lo que dijeron y se comprometieron, y no pudieron responder.
Como podrán comprender, son algunos casos, de los muchos que me ha tocado vivir, pero que por los sentimientos que generan, ¡Nos alejan del don de Dios! Nos perjudican en nuestra personalidad, carácter, temperamento, en nuestras relaciones con los demás. Pues, en adelante, cualquier acción va a estar cargada de emociones y sentimientos negativos, los que nos tienen atados y no nos permiten ser felices, o al menos nos permitan ser aceptados por los demás.
Pero, ¿Qué tiene que ver todo esto con nuestra vida cotidiana? ¡Mucho! Los sentimientos crean en nosotros una estela que nubla nuestro espíritu y nosotros somos vistos distorsionados. Los demás nos ven como personas complicadas, acomplejadas, frustradas, envidiosas y no auténticas. De ahí nace nuestra infelicidad, nuestras limitaciones y fracasos.
En mi caso, yo no he tenido éxito en casi nada de lo que me he propuesto. Porque esos sentimientos me han hecho sentir atado. No me han dejado ser libre y disfrutar de los dones que Dios me ha dado. Aún ahora, no tengo ni siquiera un trabajo estable o un medio que me ayude a sobrevivir como quisiera. Pero, ¿Saben? Después de ser consciente de mi situación y haber experimentado mí encuentro con Dios, ¡Me siento libre y con mejor ánimo y disposición!
Aún no sé, cómo voy a pagar las cuentas que tengo pendiente. Solo sé que estoy libre de sentimientos opresores como el resentimiento, la intolerancia, la irritación, el pensamiento acusador.
Por ello, si en algo ayuda esta experiencia a usted que tiene la ocasión de leer estas líneas. Solo le ofrezco un camino a seguir: JESUCRISTO ES EL CAMINO. Acuda a Él y por gracia del Espíritu de Amor, podrá reconocer y encontrar el camino de liberación de la muerte (pecado) para hallar el Camino de Salvación (Vida).
Ahora, Ore, conmigo y hablemos sinceramente con Dios:
Señor Jesucristo, tú conoces mejor que nadie lo que soy, he sido y he vivido.
Sabes perfectamente de lo que soy capaz, de lo que guardo en mi corazón
y no lo expreso... lo tengo bien escondido. Pero, ¡Tú lo conoces!
Te pido me perdones mis sentimientos opresores, mis acciones pecaminosas;
Claro... conoces mis más íntimos sentimientos y pensamientos,
los que oculto a los demás, pero ahí están y que los disfrazo hipócritamente.
Luego, te pido, me ayudes a sanar las experiencias y vivencias negativas;
que tu presencia y la del Espíritu de Amor, quisiera decirte que deseo
que toque nuevamente esos momentos para sanarlos
y me libere de todo sentimiento opresor.
Padre Amado, Santo eres, escucha el clamor de tu hijo,
en el nombre de tu Hijo Amado, nuestro Señor Jesucristo.
Amén.