miércoles, 10 de abril de 2013

Francisco I: Una nueva esperanza eclesial


REFLEXIONES
Carlos A. Soto Vásquez 31//03/2013
Resulta algo difícil determinar si la decisión de Benedicto XVI, fue la correcta, o  se amilanó ante la responsabilidad asumida, o quizás se dio cuenta de que no era el más indicado para conducir el Rebaño de Cristo.
Las especulaciones y los comentarios son diversos. Alguno muy tendenciosos y mal intencionados. Resulta injusto señalar al respecto al respecto algo sobre su conducción eclesial y cuestionar sus aciertos o fallos que se le pudieran atribuir.
Antes de su elección de Benedicto XVI, con sencillez y humildad diré que en lo personal no me resultó muy grata la elección de Joseph Cardenal Ratzinger. Aún recuerdo su manera de actuar como encargado de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, allá en la década del ’80.Cuando vino al Perú y de un solo plumazo siguiendo su pensamiento e ideología censuró y condenó a la Teología de la Liberación del P. Gustavo Gutiérrez.  El entonces Mons. Ratzinger, cubriendo con su sotana sus opciones personales y de grupo, dejó evidenciar una vez más los errores y horrores que han hecho los hombres en nombre de Dios y de la Iglesia, como ocurrió con Galileo Galilei, Giordano Bruno y tantos otros valiosos aportantes a la cultura humana.
Aunque Mons. Ratzinger y sus adeptos hayan expresado sus justificaciones  de mil maneras y buscando con anteojeras “lo que más conviene a la fe” y “a la iglesia”, determinando el camino a seguir. La torpeza más grande que comete el ser humano en sus limitaciones y miseria frente a la gran sabiduría de Dios, pretender defender la fe, como si Dios necesita ser defendido. ¡Qué insignificancia humana!
Lo lamentable es que observamos que se trata de manipular el Evangelio de Cristo hacia un lado o hacia otro. Recordemos y consideremos que el Mensaje Cristiano es diáfano, no tiene color rojo, morado, verde, amarillo o blanco. El mensaje de Cristo no está a la derecha o a la izquierda; tampoco al centro. La Palabra de Dios está en dos principios elementales: Amor a Dios y amor al prójimo. No hay otra alternativa o explicación, o inclusive justificación.
Con frecuencia veo en los templos a enormes cantidades de personas en busca del DON DE DIOS. Ellos anhelantes y sedientos de fe, amor y esperanza. Sin embargo, el sentir de estas personas en la Iglesia Católica, se ha ido perdiendo y a veces aniquilando de manera desesperanzadora, porque las respuestas que les ofrecen no dan paz.
Al respecto, soy testigo de la forma en que pequeños grupos de élite, van haciéndose “dueños de la verdad” y van manipulando los hilos eclesiales, con el propósito de “controlar la fe”.
Ésta práctica ha ido creciendo, de manera que en lugar de animar en la fe y vitalizar el credo cristiano, ha ido por el camino contrario. Desde hace algunos años, son muchos los católicos que dejan la Iglesia y se fueron a otras comunidades, porque en ella, sólo había estructuralismo, jerarquía, formalismo y ritualismo; la esperanza y la vida, así como la paz la hallaron en su nueva comunidad. Otros católicos se quedaron en silencio a esperar que Dios se manifieste a través delos signos de los tiempos.
Son odiosas las comparaciones, pero no se puede evitar. Debo destacar, al respecto, que cada Pastor tiene su carisma y también sus opciones. La riqueza de la Iglesia se cimenta en los aportes de TODOS sus miembros y ello hace que adopte el rumbo más aconsejable.
Recuerdo la sorpresa y la alegría que causó la decisión de Juan XXIII, el “Papa bueno”, quien impulsó la Renovación de la Iglesia, para qué hiciera una relectura del mundo contemporáneo de la postguerra. Siguió la tarea renovadora e inspiradora del Espíritu de Amor, Paulo VI, quien tuvo que animar los cambios a través de las Conferencias Episcopales, donde muchos obispos fieles a sus concepciones y formación, tuvieron que buscar ayuda urgente para asimilar lo que Dios les venía exigiendo. La avalancha era cada vez mayor con el despertar de los laicos. La participación activa de los laicos fue la que dinamizó la Iglesia en América Latina. El nuevo Vicario de Cristo, Juan Pablo II, como sucesor del Papa de corto tiempo, de la sonrisa amable, Juan Pablo I, por su temprana partida, marcó el asentamiento de y revitalizamiento eclesial.
Juan Pablo II, se encargó del acercamiento entre todos sus miembros y contribuyó a ser una Iglesia con principios y opción ecuménica. Su tarea evangelizadora estuvo presente en sus visitas pastorales. A su partida, asumió la responsabilidad Benedicto XVI, quien se encargó de ser más documental y literario, más intelectual y menos espiritual, más elitista y menos comunitario, más jerárquico que eclesial.
La Iglesia de la postguerra se debate entre las opciones de la relectura del Concilio Vaticano II y los atavíos del  conservadorismo de la curia romana.
He visto de cerca los fallos de innumerables presbíteros, quiénes han tenido que vestirse del ropaje que les han marcado los pastores (obispos) de turno. Aunque se quieran despojar de la naturaleza humana y sus influencias, así como de sus preferencias y opciones, éstos obispos como administradores territoriales, han dejado traslucir sus tendencias, como se aprecia en las posturas políticas de Mons. Juan Luis Cipriani. Estas posturas están marcadas por sus vivencias y la formación recibida; son éstas influencias, las que han determinado sus opciones pastorales y los estilos con que han sellado sus planes evangelizadores.
Lo que me cuestiona como cristiano es algo muy simple, que los sabios y entendidos, aún no han podido canalizar con la sencillez del Nazareno; m refiero a testificar a Cristo con nuestras vidas. Mostrar al mundo que creemos en Dios y lo amamos. De igual manera, que somos capaces de amar al prójimo, como en la primera comunidad cristiana, de la que decían los no cristianos, los demás, ”Vean cómo se aman”.
Amar al prójimo supone ser tolerante, no discriminar a nadie, ser justo. Éstas no son precisamente las características de los cristianos de la élite eclesial: Obispos, presbíteros, religiosos, agentes de pastoral. He conocido casos de quiénes no son capaces de respetar el bien común, de defender la verdad, de socorrer y apoyar al pobre; es más, se llega a extremos de pedirles a  los pobres, ¡Lo que no tienen!
Sólo quiero decir ahora, que la llegada de Francisco I con sus evidencias y opciones que marcan su estilo, se logre una cada vez mayor humanización de la Iglesia Católica y un retorno al Evangelio, especialmente al proyecto de vida, marcado por Jesús: Las Bienaventuranzas.
Este plan, quiénes deben ser los primeros en ponerlo en práctica, son los obispos y los presbíteros; especialmente, los de las curias diocesanas, como en el caso de la Arquidiócesis de Lima, que deja mucho que desear con su estilo de vida y sus opciones elitistas,  como  en los tiempos de Anás y Caifás.
Jesús nunca fue elitista y menos aún discriminador, no señaló a los demás como pecadores o les hizo sentir que no eran parte del gran rebaño de Dios.  Vivió y se reunió con los pobres y los pecadores para ser fuente inspiradora de salvación, no usó ropas diferentes a las de su entorno y las de su usanza social, no tuvo cuello blanco, almidonado y estirado, para distinguirse de  los demás, sólo fue necesario su estilo de vida.
Es duro reconocer que somos débiles ante las tentaciones y que sucumbimos ante las propuestas del mundo. Es encantador tener poder y bienes, tener la admiración de los demás, sentirnos importantes; sin embargo, ese no es el mensaje cristiano y no es el estilo de vida que Dios quiere de sus hijos.
Nace la esperanza de revitalizar  el Evangelio de Cristo a la luz de los signos de los tiempos, para hacer de este mundo, más humano y con una fraternidad que haga posible tener una común unión con todas las iglesias cristianas y todos los credos religiosos. Dios es uno y es de todos, ayer, hoy y mañana.