viernes, 6 de enero de 2012

MI ENCUENTRO CON DIOS: Lo que tengo es una oración por ti

CARLOS A. SOTO V. 24/12/2011

Ayer cuando visité a un amigo y sabía desde hace algunos meses que estaba enfermo. Su mal es irreversible. ¡No tiene solución médica!
Cuando entré en su habitación, lo encontré triste y deprimido. Según me dijo, se encontraba muy adolorido y sentía que la medicina no le hacía efecto alguno. Noté que el peso y el paso de los años habían causado sendos estragos en su apariencia física. Pero, lo que más me llamó la atención, fue que su espíritu personal estaba apagado, sin esperanzas y sin ninguna energía. Era como si solo tuviera que esperar con resignación, el final de sus días.
¡Hemos tenido esa experiencia? ¿Cuántas veces nos hemos sentido así ante una situación difícil? Pienso que todos por algún motivo o razón, sea cual fuere, lo hemos tenido. En muchas ocasiones nos hemos visto en aprietos y ello ha derivado en angustia, depresión o quizás desesperación. La generalidad de las veces se ha superado estos estados anímicos y se ha proseguido en la vida. Pero, si tenemos una Enfermedad Terminal, ¿Lo superamos? ¡Difícil! Generalmente la depresión gana al paciente.
Ahora bien, senos ha informado que un paciente con cáncer, al conocer su situación, éste se agrava por la depresión e inclusive, en algunos casos se acelera la enfermedad y muere mas temprano que tarde. ¿Qué hacer en estas circunstancias?
Recordé entonces de hechos muy significativos e importantes que la Sagrada Escritura nos ha revelado. El primero, nuestro Señor Jesucristo, en el Evangelio de Juan 5,1-18, cuando observamos que un paralítico que no tenía esperanza alguna; porque por su condición física y sin la ayuda necesaria, no podía acceder a las primicias del agua del estanque. Ocurría que siempre había otro que se le adelantaba. Así pasó 38 años. ¡Toda una vida!
Jesús le dijo: “Levántate, alza tu camilla y anda”
Ese imperativo de fe, de misericordia, de solidaridad y amor hizo que el paralítico, ¡SANARA! Tremenda lección, pues la firme decisión de Jesús y la aceptación sin reserva del paralítico, hicieron posible la superación del problema.
Ahora, en Hechos, 3,1-10, nos enseña que otro paralítico, sin esperanzas, inclusive su familia, amigos o vecinos, lo ponían en la puerta del Templo, para pedir limosna. De esa manera, por lo menos ya no era una carga para los suyos. Cuando Pedro Apóstol, está a punto de ingresar al Templo, lo y le dijo: “Míranos… No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy: en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda” Así sucedió, el paralítico, ¡Se puso a caminar!
De igual manera, la autoridad de Pedro, por acción del Espíritu de Amor, que procede de Dios mismo, hizo posible la curación del paralítico.
Esa misma inspiración hace que hoy, Dios intervenga en la vida de hombres y mujeres, para mostrar que es, ¡DIOS VIVO! Que está atento a nosotros, que nos ama y desea nuestra felicidad y plenitud. Pero, ¿Qué es lo que impide ese amor, felicidad y plenitud? ¡Nosotros mismos! Veo la angustia, la depresión y desesperación en el rostro de tantas personas. ¡En mi mismo! Todos nos sentimos así, ante una frustración o un asunto no resuelto. La falta de fe, nos hace dudar, ¿Será posible? La falta de amor, nos hace sentirnos menos, ¿Qué me va a escuchar? Hay otros más importantes que yo. La falta de esperanza, nos hace impacientes e inseguros, ¿Tendré la ayuda o el apoyo necesario?
Esta es nuestra debilidad. No tenemos el espíritu de fortaleza, porque nuestra inseguridad se debe a que en nuestras conciencias pesa tanto, pero tanto, nuestros errores y no somos capaces de liberarnos de ellos. Los seguimos manteniendo a nuestro lado, como un apéndice o una solitaria que están ahí; viven de nosotros y las seguimos manteniendo y alimentando. Nos hacen daño y perjudican, pero no las extirpamos. Así estamos atados a nuestros errores y fallos.
¿Qué hacer, entonces? He venido insistiendo en reiteradas ocasiones, con una recomendación que nos ayuda mucho. La Tradición de la Iglesia, nos dice: Oración, Palabra de Dios, Inspiración del Espíritu Santo. Definitivamente, ¡Es así! Ese es el mejor camino,¡La mejor solución!
Siguiendo ese procedimiento, le dije a mi amigo: «No tengo dinero, bienes o recursos que puedan ayudarte, pero lo que tengo es tiempo, decisión y voluntad para hacer oración por ti, ¿Me dejas hacerlo?»
Él me respondió positivamente. Oramos un buen rato, dejándonos guiar por el Espíritu de Amor y cuando terminamos, el ánimo de mi amigo. ¡Era otro! Su rostro reflejó paz, tranquilidad, confianza y seguridad. Su cuerpo adolorido se vio tonificado con una energía y mejoría que se veía que desbordaba y contagiaba, por la presencia de Dios en él. Sentí con gozo, que Dios le amaba profundamente y que sin darse cuenta, muchas veces, mi amigo mismo se negaba inconscientemente a aceptar ese amor.
Puedo decir, ahora que ¡No hay poder más grande que la oración y la Palabra de Dios! Pues, todo espíritu malo, no tiene éxito ante la oración y la Palabra de Dios. Por eso, los hombres y mujeres de hoy, necesitamos ser conscientes de que debemos acercarnos, buscar y ponernos a disposición de Dios. Para ello pedir que el Espíritu de Amor nos ilumine y guíe, comunicarnos con nuestro Padre Amado en el nombre de nuestro Señor Jesucristo y leer su Palabra, haciendo que ésta se encarne en nuestra vida.
¿Tienes confianza en Dios? ¿Si o no? ¿Por qué? ¿Son más grandes tus debilidades que tu confianza? ¿Crees y te sientes amado por Dios? ¿Qué piensas que debes hacer para superar tus limitaciones de comunicación con Dios? Ahora, ¡PRACTÍCALO!
Amén.

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