martes, 20 de septiembre de 2011

CAMINEMOS HACIA DIOS: ¿De quién es el pecado?

Han sido tantas e innumerables las experiencias que he tenido a lo largo de mi vida. Unas buenas, otras malas; unas gratas y otras lo contrario; de diferentes formas, estilos, objetos, etc. Solo con decirles que puedo afirmar: ¡Cada día de mi vida he tenido una experiencia diferente! Aunque al parecer sean del mismo estilo, objeto, procedimiento. Por tanto, Eso nos indica que cada día es diferente, y; es posible, como ejemplo, que podamos ver la misma película de cine en varias ocasiones, pero, cada ocasión, será vista, analizada e interpretada de manera distinta. Se debe a nuestros sentimientos, estados anímicos, contexto, etc., los que de alguna manera influyen en nuestra percepción de la misma.
En base a lo dicho arriba, ahora quiero compartir con ustedes lo sensible que me puse, cuando hace unos meses atrás, me dijeron que la hija de una pareja muy joven, ¡Se encontraba con cáncer! La niña de unos cuatro años, vivía con un problema de salud, muy, pero muy grave.
Cuando me enteré del hecho, sentí en mi interior, una serie de emociones, y experimenté lo que cualquiera hubiera sentido, ante este hecho. Lo tomé como una noticia, ¡Sin que me afectara personalmente! Como suele suceder, expresé la tan acostumbrada frase: ¡Qué pena! ¡Cuánto lo siento! Expresiones y pensamientos hipócritas, tan diplomáticos, que a la verdad, muchas veces, ¡No lo sentimos!
Pasaron algunas semanas, pues sin conocer a la niña, ni a la madre, hice oración y le pedí al Señor Jesucristo que sanara a la niña, o que al menos mostrara a través de su caso, lo que él quería enseñar a sus padres, familiares, amigos y sociedad. A la niña la han evaluado muchos especialistas y, los médicos tratantes en “un país desarrollado”, le han dado esperanza de vida. Ya no le realizan la quimioterapia. La llevan a su control cada dos meses. Ha recuperado su cabello. Se le ve muy saludable.
Pues, verán, ¡Me sentí muy alegre por su recuperación! He alabado y bendecido a Dios por la salud de la pequeña. Le he agradecido por su bondad y misericordia. Pero, tengo un pensamiento y con éste, una interrogante que me ha venido acompañando desde que me informaron de su situación y enfermedad: ¿Por qué la niña tiene cáncer? ¿A qué o a quiénes se debe este problema de salud en una niña? Como en el caso descrito, en el Evangelio de San Juan, acerca del ciego de nacimiento, ¿Es el pecado de la niña, de sus padres, familia o de la sociedad?
Dios tiene una respuesta para cada caso, para cada persona. He tratado de comprender este hecho real… La verdad, ¡NO LO ENTIENDO! Podría ensayar muchas explicaciones lógicas que respondan a mis propias interrogantes. Pero, creo que, ¡NO ME LLEGARÍAN A SATISFACER!
La respuesta, ¿Dónde está? ¿Qué es lo que Dios quiere de mi en este contexto? ¿Qué debo hacer? A mi modesta manera de ver los acontecimientos, es que debemos considerar, todos los elementos que conllevan a la enfermedad de la niña y su aparente sanidad o estado saludable.
El primero de los elementos, la familia y sus antecesores de la niña, evidencian una excelente posición y situación económica. No tiene ningún apremio, porque no tienen necesidades materiales. Tienen suficientes recursos económicos, como para alimentar y sostener, tal vez, algunas miles de familias, ¡Por toda su vida! Es decir, ¡SON RICOS!
La niña nació y ha crecido en medio de la mejor atención, alimentación, cuidado, etc., ¿Qué ha fallado, entonces? ¿Será una cuestión genética? ¿Tal vez algún descuido involuntario de la madre durante la gestación?
La respuesta es, que aparentemente, esto no puede ser ni genético, ni descuido de la madre, porque tiene otros tres hijos. Uno mayor que la niña y dos menores que ella, ¡Todos sanos!
El segundo elemento, los sentimientos, temperamento, actitudes. En buena cuenta, la personalidad de los padres y antecedentes familiares. Observando el desenvolvimiento de la familia, especialmente de los padres, solo puedo hallar lo siguiente: La madre es de las personas que no puede ser capaz de levantar y llevar consigo un maletín, ¡Una bolsa! Ella exige, que su personal lo haga por ella. No sería tan malo, si al menos, lo pidiera con dulzura o buenas maneras. Ella lo exige con voz autoritaria, y muchas veces, con tono despectivo, quizás queriendo demostrar calidad.
No es capaz de salir de paseo con sus hijos, o estar un momento como madre, sola con sus hijos. ¡Siempre depende del personal de apoyo! Sus expresiones, en ocasiones, son muy duras y poco amables para su personal. No evidencia que enseñe a sus hijos que sean educados, que saluden a los demás, que pidan un servicio con cortesía. Los niños, nunca saludan y expresan las mismas palabras con tono autoritario y despectivo de la madre. ¿No será acaso, ésta la posible causa?
¡Quizás, sea así! Dado que son sentimientos que van alimentando bien o mal nuestro espíritu. Recordemos, también que, la influencia genética o espiritual se transmite desde y hasta la cuarta generación, sea ascendente o descendente.
El tercer elemento que he considerado, ¡No tienen ningún vínculo o experiencia de fe conocida! Tal vez tienen alguna tradición religiosa, pero... ¡No participan de ninguna Celebración Religiosa! Me parece que, sólo tienen a un dios: ¡SU BOLSILLO! Pues, como no han sufrido necesidad económica alguna, no han sufrido por hambre, desempleo u otra necesidad básica, es decir que no han tenido urgencias económicas; tal vez, por eso, ¡NO HAN NECESITADO REALMENTE DE DIOS!
No he percibido el más mínimo interés por dar testimonio de fe en Dios… algún acercamiento, algún signo. La verdad, ¡NADA!
Por consiguiente, ¿Será, tal vez, éste el elemento causal de la situación de la niña? ¡SÍ! Pienso que sí. Es un elemento importante, para entender la naturaleza de la enfermedad y lo que Dios desea mostrarles a esta familia y a la sociedad, ¡PARA SU SALVACIÓN!
Ahora bien, de los tres elementos anotados, ¿Es malo ser rico? ¡No! Lo malo es no saber compartir lo que se tiene, con los que no tienen nada. ¿Cómo compartir? Estableciendo procedimientos y estrategias, que contribuyan a que los necesitados, no sean dependientes de una limosna; a que no se acostumbren a lo fácil; a que no se estimule el ocio y la vagancia. En suma, creando fuentes de autosostenimiento económico y desarrollo personal.
Algo más, también conviene señalar, sí es malo, la forma de obtener la riqueza, cuando es ilícita. Un día mi hija me escribió un mensaje, que decía: “DETRÁS DE UNA RIQUEZA, EXISTE UNA MENTIRA” ¿Cómo entendemos esto? Nadie que tenga bienes o riqueza, los ha logrado como fruto de su trabajo, ahorro; ojo, ¡La mayoría! Las han obtenido, beneficiándose con engaños, mintiendo, estafando y aprovechándose de los demás. Inclusive se ha hecho uso de leyes y normas que favorezcan la propiedad de esos bienes o riqueza obtenida. La acumulación de riquezas, en muchos casos, ha generado, también en muchas personas: ¡Dolor, pesar, tristeza, pobreza, miseria, hambre, enfermedad y muerte! En suma, ¡INJUSTICIA!
Estos males que ha generado en tantas personas, ¡Dios, no lo ha ignorado! ¡Los tiene presente! Por esa razón, habla Jesús, al joven rico, diciéndole que venda todo y lo entregue a los pobres. Por tanto, si no se sabe administrar la riqueza, es decir obtenerla lícitamente y compartirla, es probable que afecte nuestro espíritu.
Por otro lado, ¿Es malo ser autoritario, despectivo o tener formas y posturas descorteces para tratar o relacionarnos con los demás? ¡Sí! Definitivamente, tenemos que tratarnos como hermanos. Con respeto, con dignidad, de buenas maneras. Tratar mal a las personas, causa sufrimiento y alimenta resentimientos, rencores y odios. Estos sentimientos, afectan nuestro espíritu. No podemos ir por la vida despreciando y tratando mal a las personas, aún cuando las tengamos como nuestros empleados o a nuestro servicio. El hecho de que trabajen para nosotros, no significa que debemos agraviar su dignidad y atropellar sus derechos. Debemos exigir que cumplan con sus funciones y obligaciones de la manera más eficiente, pero no podemos arrasa su autoestima y dignidad.
San Pablo, en sus cartas a los Gálatas y a los Corintios, nos presenta la forma en que se ahoga y asfixia el Espíritu de Amor en nuestras vidas. De manera, que tal como él mismo señala, el templo de dicho Espíritu se convierte en un elefante blanco, porque el Espíritu de Amor, no puede morar en sus templos, debido a la forma en que se le ha asfixiado, con la acumulación de sentimientos y emociones negativos.
Finalmente, ¿Afecta nuestra vida, si ignoramos o no tomamos en cuenta a Dios? ¡Sí! Lo primero es, que somos ingratos, es decir desleales e infieles, porque omitimos lo importante que es, ¡Reconocer y agradecer el DON DE LA VIDA que procede de Dios! Sin este valioso don, ¡NO SOMOS NADA!
En segundo lugar, ignoramos un principio valioso: Amar y honrar a Dios en todo momento y celebrar sus fiestas, o los días en que es importante rememorar su presencia y lo que ha hecho por nosotros. No hacerlo, representa, como en el caso anterior, ¡Ingratitud!
En tercer lugar, representa decirle a Dios, que no queremos saber de él. Porque nos sentimos seguros de nosotros mismos, de nuestras capacidades y potencialidades. En buena cuenta, le decimos que, ¡NO LO NECESITAMOS! Demostramos con esto, ¡AUTOSUFICIENCIA Y SOBERBIA!
Como pueden observar, en el caso de la niña, hay cuestiones que Dios nos ha ido aclarando, para entender estos hechos y lo que nos ocurre en la vida cotidiana:
1. Es importante no generar sentimientos y emociones negativos en los demás; porque ellos son una cuenta, que tarde o temprano la tenemos que cancelar nosotros o nuestros descendientes.
2. Necesitamos reconciliarnos con quiénes les hemos causado dolor, sufrimiento o les hemos arrebatado algún bien o propiedad, o quizás les hemos engañado y nos hemos aprovechado de sus capacidades. Recordemos que toda reconciliación para ser completa o total, debe estar acompañada de la reparación correspondiente.
3. Debemos reconocer, que nuestro Padre Amado, nos ha dado la oportunidad de vivir en su creación, en su obra; nos ha ofrecido a su Hijo Amado, para que nos enseñe el camino de la felicidad, y; nos ha enviado al Espíritu de Amor, para que nos ayude a vivir en plenitud, este reconocimiento y alcanzar la salvación, por acción y obra del Hijo Amado.
¿Qué desea Dios, que yo realice en el caso de la niña? Lo único que se hacer… ¡ORAR! Pedirle al Señor de la Vida, que ilumine la vida de sus padres y la vida de la niña; también que toque los corazones de sus familiares y les muestre el Camino de Salvación. Para ello, que envíe nuestro Señor un mensajero, para que esta familia, encuentre el camino a seguir.
¿Qué podemos hacer todos los demás? ¡Acompáñenme todos!
Padre Santo, tú conoces y sabes lo que somos. Tú sabes lo que sentimos y pensamos. Sabes, ¿Cuáles son nuestras intenciones? Por eso mismo, ¡Ayúdanos! A descubrir aquello que puede estar afectando la salud y bienestar de mis hijos o de mis familiares; para que al poder reconocerlo, ¡Lo sanes, en el nombre de nuestro señor Jesucristo! Y, con la ayuda, consuelo, apoyo y soporte del Espíritu de Amor.
Gracias Padre Amado, porque sé y creo que has atendido mi oración. ¡Bendito seas! ¡Glorificado sea tu nombre! ¡Alabado sea mi Dios! ¡Aleluya! ¡Grande, grande es tu misericordia! ¡Te amo Dios mío!
Amén

CAMINEMOS HACIA DIOS: Sanemos nuestros sentimientos mejorando la vida

Tengo muchas cosas que debo sanar en mi vida… Son tantas, ¡Cómo los días que he vivido! Esto es lo que el ser humano tiene que hacer: Vivir plenamente, pero sin atentar contra sí mismo, ni contra los demás. Esto significa vivir plenamente en la presencia y guía de Dios.
Siguiendo en esa maravillosa relación de mi intento por vivir plenamente la experiencia de la presencia de Dios, en mi vida… y, al tratar de corresponderle al bello regalo de la vida, que me da gratuitamente, me pasó un incidente, que desde luego es interesante yno deja de ser importante, como para poder hacer la reflexión de hoy.
Una pequeñita de unos cinco años aproximadamente, me preguntó: “¿Cómo te llamas?” Le respondí, dándole mi nombre. Su comentario me dejó extrañado, porque afirmó,”¡Qué feo es tu nombre!”
Esta afirmación, me ha dado vueltas en mi mente, sin encontrar explicación sobre las motivaciones o sentimientos que ha tenido y tiene la pequeña. Sin embargo, quisiera especular a partir de esto. Desde hace más o menos dos décadas en el Perú, se ha venido enfatizando mucho sobre la autoestima y la asertividad en los menores de edad. Maestros, psicólogos, sociólogos, antropólogos y otros tantos profesionales más, han venido insistiendo en este tema, para fortalecer el espíritu caído o alicaído de nuestra población. ¿Será cierto, entonces, que somos acomplejados y tenemos una personalidad frágil o disminuida?
Puede ser que sea cierto, si tomamos en cuenta experiencias dolorosamente frustrantes y determinantes de cómo se destruye la dignidad de los hijos de Dios. Recuerdo como si fuera hoy, que en mi primer año de estudios en la escuela pública, algunos compañeros de estudios, me pusieron varios apelativos, acerca de mi miopía. Claro está que, encima se burlaban, de manera muy exagerada. Esto generó en mí, sentimientos de temor, vergüenza, limitación o incapacidad. Estos sentimientos, me han acompañado a lo largo de mi vida y me han tenido atado; de manera que, no he sido libre para expresarme como cualquier persona.
¿Cuánto me afectó ese maltrato y poca sensibilidad de mis compañeros de estudios? ¡Muchísimo! La dimensión de ello se puede deducir al mencionar algunas vivencias. Cuando tenía más menos catorce años, fui invitado a participar en un grupo parroquial de jóvenes. Cuando el asesor, me invitó a presentarme a los demás, ¡Me moría de vergüenza! Afloró en mí, como catarsis, todo lo vivido desde niño, recordando las burlas de los demás. Más grave fue, cuando me tocó la primera vez hacer la lectura bíblica en la Celebración Dominical (Misa). Sudaba, enrojecía, se me apagaba la voz, me temblaban las piernas. Ni qué decir, se me nublaba la vista y lo que leía, ¡Lo hacía sin sentido! ¡Lamentable! ¡Muy lamentable!
Descubrí por mis investigaciones y por las pláticas en donde participé, que: ¡Era muy, pero muy tímido! Pero, ¿De dónde nació esa timidez? ¡De las burlas de mis compañeros!
Hoy se habla del bullying, del maltrato entre congéneres. Es una manera elegante de llamarlo; pero, es solamente: ¡ESPÍRITU DE BURLA!
Este espíritu malo, procede del mal, que se posesiona de niños y adolescentes, para disminuir o destruir la dignidad, el valor y el prestigio, así como el honor de quien es maltratado. En un principio, sólo se burlan, después se insulta, más adelante se agrede verbalmente y finalmente se agrede físicamente. Si ese es el proceso, ¿Cómo darle solución?
Antes de plantear salidas, quiero anotar, que la timidez de la que he sido objeto, me ha traído una serie de problemas para relacionarme con los demás. No he podido decirles a las chicas de mi juventud, que deseaba compartir un helado con ellas; que deseaba conversar un momento con ellas o salir a pasear.
Nunca, me atreví a decirle a una chica, a quien amé en silencio, acerca de mis sentimientos. Me los guardé… y por timidez, ¡Nunca se los expresé!
Han pasado los años y me enteré, que ella se ha casado con un amigo de aquella época. Hoy, ¡Claro está! Sólo le pido a Dios los bendiga y deseo que sean felices.
¿Se imaginan? Ha sido muy duro saber y sentirme limitado. En adelante, he tenido algunas experiencias amorosas, pero no fueron por mi iniciativa. Siempre fueron porque las chicas me expresaron sus sentimientos y solo respondí… ¡Para que no dudaran de mi virilidad! Pero, así como lo expresaron; así también, ¡Me dejaron!
A más de una de ellas, les pedí matrimonio. No hubo respuesta positiva…. ¡Me dejaron plantado! ¡Se fueron con otra persona!
Como podrán observar, por la burla: la timidez, la frágil autoestima, me han herido profundamente en mi dignidad, en mi personalidad. Esto sin dudas, han hecho de que no sea feliz y no contribuya en su felicidad a mi esposa. Han pesado más mis sentimientos de frustración y mis complejos, que no me han dado cabida a ser libre, digno, sano y capaz de disfrutar sin temor alguno de la compañía de los demás.
La afirmación de la pequeña, ”¡Qué feo es tu nombre!”, llega a mí cuando estoy viviendo un maravilloso momento de encuentro con Dios. Sólo después de expresar lo que he anotado arriba, nuestro Padre Amado, ha presionado suave y delicadamente mi corazón y también mi cerebro. Al primero, para que afloren esos sentimientos que me han perjudicado, y; al segundo, para que emerjan hechos que me han ido ayudando en la vida, para ir superando esas limitaciones.
El Espíritu de Amor, me ha recordado que cuando tenía unos once años, leyendo un libro, descubrí la personalidad de nuestro Señor Jesucristo, y le conocí mejor, cuando leí el Nuevo Testamento. Fue el Espíritu de Amor que me iluminó a esa edad, para enfrentar los problemas en los que ya estaba envuelto. Sólo que, yo no era consciente de esa acción de Dios. He sido tan, pero tan poco lúcido, porque han primado mis sentimientos, mi manera de entender la vida, los que han ido amordazando, poniéndole grilletes o camisa de fuerza al Espíritu de Amor. ¡No le han dejado actuar al Espíritu de Amor en mi vida!
¿Cuántas veces actuamos así? ¡SIEMPRE! ¡CASI SIEMPRE! Sólo que después nos preguntamos, ¿Por qué me pasa eso a mí? ¡Sí yo no hice nada!
¡Claro! Nosotros no generamos el problema. Pero, lo agravamos, cuando apagamos el fuego del Espíritu de Amor. Nos quedamos en nuestra infelicidad, aún cuando Jesucristo nos muestra el camino a seguir y nosotros vamos en el sentido contrario o nos quedamos parados y no caminamos. Destruimos nuestra conciencia, nuestro espíritu y nuestro cuerpo, tratando de responder filosófica, científica y tecnológicamente los retos de la vida. Dios Padre nos está señalando, permanentemente, lo maravillosos de su creación, para ser plenamente amos y señores del cosmos. Es decir, en buena cuenta, ¡Alejamos a Dios de nuestras vidas! ¿Cómo lo hacemos? Veamos. En nuestras escuelas públicas y privadas, ¿Cuál es el principal valor que se inculca? ¡Éxito! ¡Ganar dinero! ¡Ser triunfadores! Lo mismo ocurre en la familia.
¡Bien, muy bien! Pero… ¿Todos serán exitosos? ¡NO! Primero, no todos tienen las mismas oportunidades, los mismos recursos, capacidades, potencialidades. Cada uno es único, irremplazable e insustituible. Todos somos hijos de Dios por el Bautismo; pero, ¡NO TODOS ACTUAMOS Y VIVIMOS COMO HIJOS DE DIOS! Segundo, las escuelas han dejado de lado la orientación religiosa en las aulas, han desaparecido de los contenidos los cursos con carga axiológica y formativa. Para los “educadores iluminados” de nuestro tiempo sólo sirven la matemática, la física y química. En ése orden, lo demás para esos “iluminados”, ¡NO SIRVE!
Frente a lo dicho, ¿Por qué, entonces, nos quejamos del bullying, de las pandillas, de la creciente delincuencia, de la violencia sexual, del erotismo y sensualismo, del individualismo, egoísmo y discriminación existentes?
La sociedad, así como la falta de integridad y solvencia moral de la mayoría de profesionales de este tiempo, han generado y son los directos responsables del deterioro de nuestra sociedad. Aparejado a ellos, se encuentran también los líderes y directivos de las iglesias y comunidades religiosas, de las diferentes confesiones o credos, porque han dejado a un lado la proclamación de Jesucristo y su Evangelio, en sus propias escuelas; le han dado mayor énfasis, a la formación materialista, empiriocriticista y “científica”.
Entonces, la primera tarea, es volver a las fuentes; la fuente de vida es: Dios. Una segunda tarea, es ponernos en manos de nuestro Señor Jesucristo, para pedirle que nos ayude a ser libres de la falta de autoestima, timidez, complejos, temor y cobardía.
Para eso, le pedimos a nuestro Padre Amado, nos envíe su Espíritu de Amor, para que a través de él, podamos discernir los momentos, hechos, situaciones, experiencias, palabras, comentarios, miradas, gestos, que nos han dañado nuestra autoestima, libertad, capacidad de asertividad. En buena cuenta, lo que nos oprime y no nos hace felices.
Para poder sanarnos, conversemos con Dios.
Bendito y alabado seas, ¡Señor Jesucristo! Señor y salvador mío. ¡Glorifico tu nombre! Agradezco tu presencia en mi vida. Hoy día quiero contarte lo que siento en mi vida. Bien sé que lo conoces, pero te lo voy narrar como lo siento, porque así lo entiendo que eso, me ha causado mucho daño y no he vivido tranquilo, ni he podido siquiera reír en paz. Muchas veces he estado con amigos y familiares, pero me he sentido solo. Otras veces he luchado por alcanzar un objetivo, lo he logrado, pero me he sentido vacío. Y así, he tenido tantas experiencias, que siento no me han hecho feliz. Por eso, te pido, Señor, que intercedas por mí ante nuestro Padre Amado, para que envíe su Espíritu de Amor y escudriñe y hurgue en mi vida y sobre todo en mi espíritu, para que pueda sanar aquello que hoy desea hacerlo y sea para su ¡Gloria!
¡Santo Espíritu de Amor! Aquí me tienes, soy materia dispuesta. Te pido que intervengas en toda mi vida, mi pasado y mi presente. Hazme ver y recordar aquél momento triste y desagradable, que no me deja ser libre y ser feliz.
En el nombre de nuestro Señor Jesucristo, lo ato, arranco y lo pongo a los pies de la cruz, para que así atadas y amordazadas, esas experiencias sean sanadas y en su relevo, coloque nuestro Padre Amado, sentimientos de amor, confianza, seguridad, firmeza, tranquilidad y serenidad.
Gracias Padre Amado, porque creo has escuchado mi oración. Te bendigo Jesucristo, el más grande tesoro en mi vida. Bendito Espíritu de Amor, por tu gran ayuda y cosuelos. Amén

miércoles, 14 de septiembre de 2011

CAMINEMOS HACIA DIOS: Sanemos nuestros sentimientos

No ha sido fácil. Las cosas quiero hacerlas de manera que no afecte o haga daño a nadie; sin embargo, el maligno nos pone cada zancadilla. Para eso utiliza a los mismos seres humanos. Su propósito es hacernos perder la paciencia.
Así tenemos, transportistas que no cumplen su responsabilidad, poniendo en riesgosa vida de los pasajeros que lleva en su vehículo. Haciendo paradas innecesarias, retrasando la frecuencia de la fluidez de los vehículos de servicio público.
En ese contexto, ¿Dónde está mi compromiso? ¿Cómo cumplir la misión encomendada? He tenido que hacer un gran esfuerzo por no impacientarme, irritarme o pensar mal. Es en esos momentos que tenemos que ser suaves y limpios de corazón y espíritu. Para que no se pueda caer en pecado. Es en ese momento que se debe orar y poner en manos de Dios nuestra vida. Abandonarnos a Jesucristo.
¡Así lo hice! Luego me sentí mejor, porque no guardé ningún sentimiento adverso a aquél transportista. Como se puede apreciar, ¡No es fácil ser cristiano! Tampoco tener buenos sentimientos. El maligno nos lanza dardos incendiarios; muy sutiles, por cierto, pero tan convincentes que es posible que sucumbamos en su engaño y trampas. ¿Acaso no es justo reclamarle por conducir imprudente e irresponsablemente al transportista? ¡Desde luego, que sí! Pero, hay que guardar las formas y sobre todo no alimentarlo de ira o violencia.
Tenemos que hablar y exigir, sintiendo paz interior y sobre todo tener prudencia para dirigirnos y responderle. ¡Eso es importante! Hemos de considerar que las motivaciones del transportista no las conozco. Las puedo suponer. Pero, ¡No tengo la certeza!
No estoy de acuerdo con su actitud ni la acepto, porque atenta contra la seguridad, la vida y el derecho de todos los pasajeros. Su conducta es reprochable, injusta, de toda la forma recusable. Pero, como ya dije, ¡No puedo pecar pensando mal, respondiendo o señalándole mal!
Mi temperamento siempre ha sido el de reclamar, en ocasiones airadamente, ¡Exigiendo la prudencia, la moderación o rectificación! De quiénes a mi juicio transgredían las normas o el derecho de los demás. El sólo hecho de solicitarle mayor cuidado y atención a sus funciones, así como, su responsabilidad. Con firmeza, sin agresividad, en esta ocasión, ¡Ha sido un logro para mí! En otros tiempos, mi reacción hubiera sido muy agresiva y casi intolerable.
Se preguntarán, ¿A qué viene todo eso que estoy diciendo? Solo a una cuestión: No somos capaces de comunicarnos correctamente; tampoco ser prudentes y tolerantes. Menos aún, respetar a las personas y recusar sus faltas o desaciertos. Por lo general, explotamos y damos rienda suelta a lo que guardamos en nuestro espíritu interior.
Eso me recuerda a un amigo del pasado. Lo tengo presente siempre a José Luís, porque estando en una campaña de evangelización, los dos formábamos parte de un Equipo de trabajo y Conducción, de la cruzada. Él, en un momento dado, me dijo: “Carlos, ¿Sabes? Te voy a decir directamente. Siento que no estás aportando nada. Sólo ocupas un espacio. Estás ahí, pero no hay nada de parte tuya”. Sinceramente, me sentí dolido, porque yo intervenía, conversaba, oraba, participaba como todos. No entendía nada de lo que me dijo José Luís.
No sé si se refería a que carecía de la presencia del Espíritu de Amor o que mi aporte era solo intelectual y no espiritual; o tal vez, era sólo lección aprendida. La verdad es que nunca lo entendí. Más bien guardé en mi interior un silencio y desde luego me quedé resentido. Nunca le reproché nada, le dije o le pregunté algo al respecto. Sólo me quedé callado… y en silencio he guardado por años ese sentir.
En otra ocasión, un amigo me invitó para que le apoye en un Proyecto Educativo. Este, era para ofrecerle una alternativa diferente a los jóvenes frente al narcotráfico; para que mejoren sus condiciones de vida y sea un mecanismo de inserción, dentro del estado de derecho y eviten caer en la delincuencia.
El acuerdo a que llegamos fue, que lo acompañara por cinco años. Luego de este tiempo, le solicité me apoyara con un año sabático. Era para actualizarme y así poder apoyar en alguna otra obra de bien social o comunitaria. Todo fue muy bien los primeros dos años, aunque había problemas económicos, pero, al fin, el proyecto se iba consolidando.
Fue al cuarto año, que éste amigo, decidió salir del proyecto e irse a otra misión. Frente a esta situación le pregunté, ¿Quién y cómo se resolvería el acuerdo que hicimos? La respuesta que me dio fue: “¿De qué acuerdo me hablas? Yo no sé nada. ¿Hay algo que firmé?”
De plano, me quedé hecho una pieza congelada. Jamás pensé que un presbítero fuera capaz de desconocer y negarse a su promesa y compromiso. Si al menos me hubiera explicado, que no la podía asumir y que haría un esfuerzo por compensar mi tiempo ofrecido al proyecto… ¡Lo habría comprendido y aceptado!
Siento que fui objeto de un engaño. ¡Eso me resintió terriblemente! En esas circunstancias, vino el sexto año en el mismo proyecto, el que fue asumido en su conducción, por otro presbítero. Este nuevo director, lo primero que hizo, fue visitarme y proponerme que le ayudara haciendo un inventario y actualización de la documentación de formación académica de los estudiantes. Se comprometió, para esta tarea, una compensación económica extraordinaria. La que acepté.
Realicé mi trabajo y le ofrecí los informes correspondientes, después de dos meses de intenso trabajo. Cuando le solicité el reconocimiento económico que por su iniciativa me ofreció. La respuesta fue: “¿Qué pago me pides? ¿Yo te ofrecí algo? Que yo recuerde, no tengo ningún compromiso de pago contigo”.
Una vez más, fui engañado y utilizado por un presbítero. El tener resentimiento hacia dos personas que equivocadas en lo que significa su ministerio y la pureza de sus vidas, fue corroyendo mi alma; porque, más daño me ha hecho a mí, que probablemente a ellos. He tenido guardado ese sentir, por muchos años. Desde luego, me ha creado una serie de sentimientos encontrados.
El primero y más grave, ha sido desconfiar de todos los presbíteros, obispos y miembros de la jerarquía eclesial. Mi pensamiento ha sido, considerarlos hipócritas y malos pastores; porque dicho sea de paso, inclusive un obispo, en una ocasión me ofreció ayudarme, después de la experiencia vivida con los presbíteros. El resultado fue, que nunca tuve su apoyo. Su teléfono o su oficina, ¡Nunca me atendió! ¿No creen que hubo razones suficientes para juzgar mal a estos miembros de la iglesia? ¡SÍ! Yo creo que sí. Pero, ¿Saben? Hoy, después de tantos años, los pongo a ellos y su encuentro conmigo, delante de Dios. Le pido a nuestro Padre Amado, para que en nombre de su Hijo Amado, Jesucristo, sane ese momento. Y si no tuvieron la posibilidad de darme una respuesta a sus compromisos. Que sea nuestro Señor Jesucristo, quien les ayude a mejorar su condición, su ministerio y su responsabilidad... y en mi caso, me ayude a perdonarlos y que me dé la ocasión de reconciliarnos, encontrando el momento de sanar esa experiencia, para que los libere de lo que dijeron y se comprometieron, y no pudieron responder.
Como podrán comprender, son algunos casos, de los muchos que me ha tocado vivir, pero que por los sentimientos que generan, ¡Nos alejan del don de Dios! Nos perjudican en nuestra personalidad, carácter, temperamento, en nuestras relaciones con los demás. Pues, en adelante, cualquier acción va a estar cargada de emociones y sentimientos negativos, los que nos tienen atados y no nos permiten ser felices, o al menos nos permitan ser aceptados por los demás.
Pero, ¿Qué tiene que ver todo esto con nuestra vida cotidiana? ¡Mucho! Los sentimientos crean en nosotros una estela que nubla nuestro espíritu y nosotros somos vistos distorsionados. Los demás nos ven como personas complicadas, acomplejadas, frustradas, envidiosas y no auténticas. De ahí nace nuestra infelicidad, nuestras limitaciones y fracasos.
En mi caso, yo no he tenido éxito en casi nada de lo que me he propuesto. Porque esos sentimientos me han hecho sentir atado. No me han dejado ser libre y disfrutar de los dones que Dios me ha dado. Aún ahora, no tengo ni siquiera un trabajo estable o un medio que me ayude a sobrevivir como quisiera. Pero, ¿Saben? Después de ser consciente de mi situación y haber experimentado mí encuentro con Dios, ¡Me siento libre y con mejor ánimo y disposición!
Aún no sé, cómo voy a pagar las cuentas que tengo pendiente. Solo sé que estoy libre de sentimientos opresores como el resentimiento, la intolerancia, la irritación, el pensamiento acusador.
Por ello, si en algo ayuda esta experiencia a usted que tiene la ocasión de leer estas líneas. Solo le ofrezco un camino a seguir: JESUCRISTO ES EL CAMINO. Acuda a Él y por gracia del Espíritu de Amor, podrá reconocer y encontrar el camino de liberación de la muerte (pecado) para hallar el Camino de Salvación (Vida).

Ahora, Ore, conmigo y hablemos sinceramente con Dios:

Señor Jesucristo, tú conoces mejor que nadie lo que soy, he sido y he vivido.

Sabes perfectamente de lo que soy capaz, de lo que guardo en mi corazón

y no lo expreso... lo tengo bien escondido. Pero, ¡Tú lo conoces!

Te pido me perdones mis sentimientos opresores, mis acciones pecaminosas;

Claro... conoces mis más íntimos sentimientos y pensamientos,

los que oculto a los demás, pero ahí están y que los disfrazo hipócritamente.

Luego, te pido, me ayudes a sanar las experiencias y vivencias negativas;

que tu presencia y la del Espíritu de Amor, quisiera decirte que deseo

que toque nuevamente esos momentos para sanarlos

y me libere de todo sentimiento opresor.

Padre Amado, Santo eres, escucha el clamor de tu hijo,

en el nombre de tu Hijo Amado, nuestro Señor Jesucristo.

Amén.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

CAMINEMOS HACIA DIOS: Mi encuentro con Dios

Esta mañana el Señor de Señores, nuestro creador me recordó:.
“Te llevé hace más de tres décadas a que vieras cómo es el mundo. ¿Recuerdas lo que oculta la noche y la oscuridad? ¿Recuerdas las pasiones, los vicios y la conducta humana?
Le respondí, ¡Sí, Señor! La recuerdo como si fuera hoy mismo.
Me dijo, entonces: Bien, si lo viste, ese fue el anuncio de lo que hombres y mujeres siempre han hecho y su conducta será cada vez más grave. Se irán alejando de mí. Adorarán a muchos dioses, entre ellos al placer, a la violencia, injusticia y toda clase de ídolos. Me darán la espalda mientras viven en abundancia, mientras tienen salud o gozan de los placeres del mundo; pero, se acordarán de mí cuando estén en la miseria, se hallen enfermos o ya no exista más alegría placentera.
Sus pecados son tan grandes que no me acordaré ni de sus nombres por su infidelidad; es más, no los oiré, ni atenderé sus súplicas, porque no han renunciado al mal, no se han alejado del pecado, no han buscado reconciliarse con sus hermanos y tampoco lo han hecho conmigo.
Por eso, son infelices, por eso sufren y sufrirán las consecuencias de su infidelidad, de su mal proceder, de los sentimientos que hay en sus corazones.
Dije entonces: Padre Santo, ¿Quién podrá, entonces, salvarse o no sufrir los males de este mundo? ¿Qué podemos hacer para restablecer los lazos de amistad, de fraternidad, de filiaridad contigo Señor?
Agregó, nuestro Padre: La salvación está en mi Hijo Amado. Quien cree en él, vive en él, se entrega a él, tendrá la vida eterna. Algunos creen que solo basta creer, otros lo toman como antorcha.
Hay quiénes en mi nombre y en el de mi Hijo Amado justifican sus injusticias, sus inmoralidades. Avasallan a los pobres, maltratan y matan de hambre a los necesitados, negocian sus vidas y sus recursos; otros, utilizan mis palabras para cometer injusticias, destruir vidas e inclusive matar a los más débiles.
Hay quiénes conducen a mi pueblo por caminos equivocados, pues para ellos, como antaño solo sirven las normas, las leyes, los códigos. Todo sin rostro humano, sin espíritu encarnado; de manera que su conducta escomo la de Anás y Caifás, que justificaron su religión, más no siguieron mi palabra. Cuidaron su prestigio y su poder y no sirvieron a mi pueblo. Solo buscaron su provecho y el de los que son como ellos; estos me han traicionado y han utilizado mi nombre. Para sus actos delictuosos, para vivir cómodamente y no compartir el pan y la mesa con los hambrientos. Hacen ritos y celebran cultos que son solo fórmulas, que no tiene vida; ahí no está presente mi Espíritu. Pues, son solo cáscara de nueces, puro formulismo, ritualismo, más su corazón está muy lejos de mí. Además, acumulan bienes y riquezas como si yo los necesitara, como si yo les exigiera y pidiera que hagan riquezas en mi nombre.
Yo no necesito de eso. Pues, si todo lo creado, los cielos, los reinos, o visible e invisible me pertenecen. Yo dispongo de ellos si así fuera el caso.
Mira, eso yo no quiero. Como antes les dije: Sólo quiero que tengan un corazón sincero, una mente limpia y una voluntad por serme fieles. Quiero honestidad, quiero que sean justos, que amena sus hermanos, que escuchen y atiendan a mi Hijo Amado.
Amado Padre, interrumpí: ¿Qué debo hacer yo? Tú sabes mejor que nadie que soy pecador, que tengo muchos defectos; que también he sido muchas, pero muchas veces infiel a ti; que he omitido el amor a los demás, a ser justo, a ser veraz; que he sido calculador e ingenuo, que no he sabido seguir a tu Hijo Amado. ¿Para qué entonces te diriges a mí? ¿Para qué soy útil? ¿Qué de bueno hay en mi, si en pecado me concibió mi madre? ¿Quién va a prestar atención a lo que diga? ¿No seré acaso motivo de burla y escarnio? ¿No seré, entonces, silenciado por los medios y mecanismos que controlan los ricos y poderosos de este mundo? ¿No seré juzgado acaso y de antemano sentenciado por los pastores y soberanos de tu iglesia? ¿No seré tildado como un loco, una persona sin juicio, sin autoridad, sin criterio, sin ninguna justificación que evidencie que me has hablado, Señor?
El Señor, habló: He hablado a través de los profetas, de siervos y siervas, aún de mi propio Hijo Amado. ¿Cómo los tomaron en todas partes? Así, como tu mismo me has preguntado. Solo puedo decirte, confía en mí. Pon tu corazón y tu razón al servicio de mi Hijo Amado. Sólo eso basta, porque mi Espíritu de Amor está en ti. Él hablará por ti, dirigirá tus pasos, guiará tus acciones.
¿Acaso no te acuerdas que me dijiste, que como Salomón mi siervo, tú querías te dé sabiduría para enfrentar la vida? La sabiduría que procede de mi, llegará por mi Espíritu de Amor a ti y en su momento sabrás qué hacer y qué decir.
Ora permanentemente y escudriña mi Palabra para que anuncies a mi Hijo Amado, denuncies el pecado y renuncies a toda seducción. Recuerda las enseñanzas de mi HijoAmado.
Dije: Oh, Padre amado. No soy digno de tal merecimiento, de tal responsabilidad, de tan grande privilegio.
Nuestro Padre, entonces me dijo: ¡Calla! No se trata de un privilegio, es más bien una misión. Una tarea que no va a ser fácil. Como bien dijiste, muchos te cerrarán el paso, te atacarán, te maltratarán, se burlarán de ti. Pero, ¡No temas! ¡Yo estaré contigo! Recuerda a Moisés, Jeremías y otros más antes que tú. Yo hablé por medio de ellos. Sé sencillo y humilde de corazón y podrás lograrlo.
Dije: Gracias Padre Bondadoso
Han pasado varias horas y no sé lo que me espera, solo sé que pongo mi vida en manos de nuestro Padre Celestial y al servicio de nuestro Señor Jesucristo. Reconozco que soy un simple ser humano, que no tengo las virtudes especiales de los hombres y mujeres que aparecen iluminados y que evidencian santidad. Yo solo tengo como parte de mí, la simpleza de ser un hombre que cree y confía en Dios. Que mi fe no es muy grande, sino al contrario es muy pequeña, aún más pequeña que un átomo. Que mi amor por los demás no es más que un deseo de que sean felices y encuentren justicia, y también alcancen con éxito sus proyectos. Que mi esperanza es tan pobre por los hechos que me ha tocado vivir. Pero, a pesar de de ello, pongo mi fe, mi amor y mi esperanza en nuestro Señor Jesucristo. Bendigo su nombre sobre todo nombre, y alabo su presencia. Reclamo atienda y socorra a éste siervo inútil, para colaborar con su obra.
Gracias Espíritu de Amor que procede del Padre y del Hijo Amado, por ser mi protector y defensor. Amén.
Entonces me dirigí al Señor Jesús: Señor Jesucristo, Hijo Amado del Dios Vivo. ¿Cuántas veces me dirigí a ti? ¡Muchas! Le he pedido a nuestro Padre en tu nombre me atienda. Pero, solo he sentido silencio y como para darme lecciones, me has abierto la mente, para responderme «Mi gracia te basta».
Oh, Señor. Solo puedo entender que mi fe es muy, pero muy débil. Me flaquean las piernas ante tu majestad. Y lo más grave aún, lo que te he pedido siento, ahora, que no es para mí. Porque nada he recibido. Necesito, tal vez, algo que ni siquiera reconozco y que sin dudas soy inconsciente. Pero, en tu gran sabiduría y bondad no me concedes mis deseos, sino solo aquello que va construyendo y edificando la vida, el Reino, la felicidad.
Jesús, Señor y Salvador mío, quiero decirte hoy, mi necesidad de pan para alimentar mi cuerpo. ¡Bien sabes que lo necesito! Pero, si consideras que debo ayunar. ¡Lo haré en tu honor!
Señor, Jesús, bien conoces mi situación: No tengo una familia, ni un hogar bien establecido. Menos aún un trabajo que sustente mis necesidades; pues, a mi edad soy un paria. La sociedad me considera no rentable o poco útil. Tal vez una carga. Pero, siento que es un verdadero milagro ¡Cómo me respondes! Las soluciones, sólo tú puedes haberlas generado. No creo que hayan salido de mí.
Señor Jesucristo, solo quiero pedirte y volviendo a insistir que intercedas por mi, para que en tu nombre, nuestro Padre Celestial, me conceda la gracia de vivir en su presencia, y que la misión encomendada, se realice de manera que, sólo puedan reconocer, ¡Que su nombre es Santo y que es eterna su Misericordia! Por ello, bendigo a mi Dios, porque ¡Es todo para los humanos! Y para toda la creación.
Gracias por escucharme, Señor Jesucristo, Gracias Padre Amado. Gracias Espíritu de Amor. Amén.

jueves, 22 de abril de 2010

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lunes, 16 de noviembre de 2009

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