Han sido tantas e innumerables las experiencias que he tenido a lo largo de mi vida. Unas buenas, otras malas; unas gratas y otras lo contrario; de diferentes formas, estilos, objetos, etc. Solo con decirles que puedo afirmar: ¡Cada día de mi vida he tenido una experiencia diferente! Aunque al parecer sean del mismo estilo, objeto, procedimiento. Por tanto, Eso nos indica que cada día es diferente, y; es posible, como ejemplo, que podamos ver la misma película de cine en varias ocasiones, pero, cada ocasión, será vista, analizada e interpretada de manera distinta. Se debe a nuestros sentimientos, estados anímicos, contexto, etc., los que de alguna manera influyen en nuestra percepción de la misma.
En base a lo dicho arriba, ahora quiero compartir con ustedes lo sensible que me puse, cuando hace unos meses atrás, me dijeron que la hija de una pareja muy joven, ¡Se encontraba con cáncer! La niña de unos cuatro años, vivía con un problema de salud, muy, pero muy grave.
Cuando me enteré del hecho, sentí en mi interior, una serie de emociones, y experimenté lo que cualquiera hubiera sentido, ante este hecho. Lo tomé como una noticia, ¡Sin que me afectara personalmente! Como suele suceder, expresé la tan acostumbrada frase: ¡Qué pena! ¡Cuánto lo siento! Expresiones y pensamientos hipócritas, tan diplomáticos, que a la verdad, muchas veces, ¡No lo sentimos!
Pasaron algunas semanas, pues sin conocer a la niña, ni a la madre, hice oración y le pedí al Señor Jesucristo que sanara a la niña, o que al menos mostrara a través de su caso, lo que él quería enseñar a sus padres, familiares, amigos y sociedad. A la niña la han evaluado muchos especialistas y, los médicos tratantes en “un país desarrollado”, le han dado esperanza de vida. Ya no le realizan la quimioterapia. La llevan a su control cada dos meses. Ha recuperado su cabello. Se le ve muy saludable.
Pues, verán, ¡Me sentí muy alegre por su recuperación! He alabado y bendecido a Dios por la salud de la pequeña. Le he agradecido por su bondad y misericordia. Pero, tengo un pensamiento y con éste, una interrogante que me ha venido acompañando desde que me informaron de su situación y enfermedad: ¿Por qué la niña tiene cáncer? ¿A qué o a quiénes se debe este problema de salud en una niña? Como en el caso descrito, en el Evangelio de San Juan, acerca del ciego de nacimiento, ¿Es el pecado de la niña, de sus padres, familia o de la sociedad?
Dios tiene una respuesta para cada caso, para cada persona. He tratado de comprender este hecho real… La verdad, ¡NO LO ENTIENDO! Podría ensayar muchas explicaciones lógicas que respondan a mis propias interrogantes. Pero, creo que, ¡NO ME LLEGARÍAN A SATISFACER!
La respuesta, ¿Dónde está? ¿Qué es lo que Dios quiere de mi en este contexto? ¿Qué debo hacer? A mi modesta manera de ver los acontecimientos, es que debemos considerar, todos los elementos que conllevan a la enfermedad de la niña y su aparente sanidad o estado saludable.
El primero de los elementos, la familia y sus antecesores de la niña, evidencian una excelente posición y situación económica. No tiene ningún apremio, porque no tienen necesidades materiales. Tienen suficientes recursos económicos, como para alimentar y sostener, tal vez, algunas miles de familias, ¡Por toda su vida! Es decir, ¡SON RICOS!
La niña nació y ha crecido en medio de la mejor atención, alimentación, cuidado, etc., ¿Qué ha fallado, entonces? ¿Será una cuestión genética? ¿Tal vez algún descuido involuntario de la madre durante la gestación?
La respuesta es, que aparentemente, esto no puede ser ni genético, ni descuido de la madre, porque tiene otros tres hijos. Uno mayor que la niña y dos menores que ella, ¡Todos sanos!
El segundo elemento, los sentimientos, temperamento, actitudes. En buena cuenta, la personalidad de los padres y antecedentes familiares. Observando el desenvolvimiento de la familia, especialmente de los padres, solo puedo hallar lo siguiente: La madre es de las personas que no puede ser capaz de levantar y llevar consigo un maletín, ¡Una bolsa! Ella exige, que su personal lo haga por ella. No sería tan malo, si al menos, lo pidiera con dulzura o buenas maneras. Ella lo exige con voz autoritaria, y muchas veces, con tono despectivo, quizás queriendo demostrar calidad.
No es capaz de salir de paseo con sus hijos, o estar un momento como madre, sola con sus hijos. ¡Siempre depende del personal de apoyo! Sus expresiones, en ocasiones, son muy duras y poco amables para su personal. No evidencia que enseñe a sus hijos que sean educados, que saluden a los demás, que pidan un servicio con cortesía. Los niños, nunca saludan y expresan las mismas palabras con tono autoritario y despectivo de la madre. ¿No será acaso, ésta la posible causa?
¡Quizás, sea así! Dado que son sentimientos que van alimentando bien o mal nuestro espíritu. Recordemos, también que, la influencia genética o espiritual se transmite desde y hasta la cuarta generación, sea ascendente o descendente.
El tercer elemento que he considerado, ¡No tienen ningún vínculo o experiencia de fe conocida! Tal vez tienen alguna tradición religiosa, pero... ¡No participan de ninguna Celebración Religiosa! Me parece que, sólo tienen a un dios: ¡SU BOLSILLO! Pues, como no han sufrido necesidad económica alguna, no han sufrido por hambre, desempleo u otra necesidad básica, es decir que no han tenido urgencias económicas; tal vez, por eso, ¡NO HAN NECESITADO REALMENTE DE DIOS!
No he percibido el más mínimo interés por dar testimonio de fe en Dios… algún acercamiento, algún signo. La verdad, ¡NADA!
Por consiguiente, ¿Será, tal vez, éste el elemento causal de la situación de la niña? ¡SÍ! Pienso que sí. Es un elemento importante, para entender la naturaleza de la enfermedad y lo que Dios desea mostrarles a esta familia y a la sociedad, ¡PARA SU SALVACIÓN!
Ahora bien, de los tres elementos anotados, ¿Es malo ser rico? ¡No! Lo malo es no saber compartir lo que se tiene, con los que no tienen nada. ¿Cómo compartir? Estableciendo procedimientos y estrategias, que contribuyan a que los necesitados, no sean dependientes de una limosna; a que no se acostumbren a lo fácil; a que no se estimule el ocio y la vagancia. En suma, creando fuentes de autosostenimiento económico y desarrollo personal.
Algo más, también conviene señalar, sí es malo, la forma de obtener la riqueza, cuando es ilícita. Un día mi hija me escribió un mensaje, que decía: “DETRÁS DE UNA RIQUEZA, EXISTE UNA MENTIRA” ¿Cómo entendemos esto? Nadie que tenga bienes o riqueza, los ha logrado como fruto de su trabajo, ahorro; ojo, ¡La mayoría! Las han obtenido, beneficiándose con engaños, mintiendo, estafando y aprovechándose de los demás. Inclusive se ha hecho uso de leyes y normas que favorezcan la propiedad de esos bienes o riqueza obtenida. La acumulación de riquezas, en muchos casos, ha generado, también en muchas personas: ¡Dolor, pesar, tristeza, pobreza, miseria, hambre, enfermedad y muerte! En suma, ¡INJUSTICIA!
Estos males que ha generado en tantas personas, ¡Dios, no lo ha ignorado! ¡Los tiene presente! Por esa razón, habla Jesús, al joven rico, diciéndole que venda todo y lo entregue a los pobres. Por tanto, si no se sabe administrar la riqueza, es decir obtenerla lícitamente y compartirla, es probable que afecte nuestro espíritu.
Por otro lado, ¿Es malo ser autoritario, despectivo o tener formas y posturas descorteces para tratar o relacionarnos con los demás? ¡Sí! Definitivamente, tenemos que tratarnos como hermanos. Con respeto, con dignidad, de buenas maneras. Tratar mal a las personas, causa sufrimiento y alimenta resentimientos, rencores y odios. Estos sentimientos, afectan nuestro espíritu. No podemos ir por la vida despreciando y tratando mal a las personas, aún cuando las tengamos como nuestros empleados o a nuestro servicio. El hecho de que trabajen para nosotros, no significa que debemos agraviar su dignidad y atropellar sus derechos. Debemos exigir que cumplan con sus funciones y obligaciones de la manera más eficiente, pero no podemos arrasa su autoestima y dignidad.
San Pablo, en sus cartas a los Gálatas y a los Corintios, nos presenta la forma en que se ahoga y asfixia el Espíritu de Amor en nuestras vidas. De manera, que tal como él mismo señala, el templo de dicho Espíritu se convierte en un elefante blanco, porque el Espíritu de Amor, no puede morar en sus templos, debido a la forma en que se le ha asfixiado, con la acumulación de sentimientos y emociones negativos.
Finalmente, ¿Afecta nuestra vida, si ignoramos o no tomamos en cuenta a Dios? ¡Sí! Lo primero es, que somos ingratos, es decir desleales e infieles, porque omitimos lo importante que es, ¡Reconocer y agradecer el DON DE LA VIDA que procede de Dios! Sin este valioso don, ¡NO SOMOS NADA!
En segundo lugar, ignoramos un principio valioso: Amar y honrar a Dios en todo momento y celebrar sus fiestas, o los días en que es importante rememorar su presencia y lo que ha hecho por nosotros. No hacerlo, representa, como en el caso anterior, ¡Ingratitud!
En tercer lugar, representa decirle a Dios, que no queremos saber de él. Porque nos sentimos seguros de nosotros mismos, de nuestras capacidades y potencialidades. En buena cuenta, le decimos que, ¡NO LO NECESITAMOS! Demostramos con esto, ¡AUTOSUFICIENCIA Y SOBERBIA!
Como pueden observar, en el caso de la niña, hay cuestiones que Dios nos ha ido aclarando, para entender estos hechos y lo que nos ocurre en la vida cotidiana:
1. Es importante no generar sentimientos y emociones negativos en los demás; porque ellos son una cuenta, que tarde o temprano la tenemos que cancelar nosotros o nuestros descendientes.
2. Necesitamos reconciliarnos con quiénes les hemos causado dolor, sufrimiento o les hemos arrebatado algún bien o propiedad, o quizás les hemos engañado y nos hemos aprovechado de sus capacidades. Recordemos que toda reconciliación para ser completa o total, debe estar acompañada de la reparación correspondiente.
3. Debemos reconocer, que nuestro Padre Amado, nos ha dado la oportunidad de vivir en su creación, en su obra; nos ha ofrecido a su Hijo Amado, para que nos enseñe el camino de la felicidad, y; nos ha enviado al Espíritu de Amor, para que nos ayude a vivir en plenitud, este reconocimiento y alcanzar la salvación, por acción y obra del Hijo Amado.
¿Qué desea Dios, que yo realice en el caso de la niña? Lo único que se hacer… ¡ORAR! Pedirle al Señor de la Vida, que ilumine la vida de sus padres y la vida de la niña; también que toque los corazones de sus familiares y les muestre el Camino de Salvación. Para ello, que envíe nuestro Señor un mensajero, para que esta familia, encuentre el camino a seguir.
¿Qué podemos hacer todos los demás? ¡Acompáñenme todos!
Padre Santo, tú conoces y sabes lo que somos. Tú sabes lo que sentimos y pensamos. Sabes, ¿Cuáles son nuestras intenciones? Por eso mismo, ¡Ayúdanos! A descubrir aquello que puede estar afectando la salud y bienestar de mis hijos o de mis familiares; para que al poder reconocerlo, ¡Lo sanes, en el nombre de nuestro señor Jesucristo! Y, con la ayuda, consuelo, apoyo y soporte del Espíritu de Amor.
Gracias Padre Amado, porque sé y creo que has atendido mi oración. ¡Bendito seas! ¡Glorificado sea tu nombre! ¡Alabado sea mi Dios! ¡Aleluya! ¡Grande, grande es tu misericordia! ¡Te amo Dios mío!
Amén
En base a lo dicho arriba, ahora quiero compartir con ustedes lo sensible que me puse, cuando hace unos meses atrás, me dijeron que la hija de una pareja muy joven, ¡Se encontraba con cáncer! La niña de unos cuatro años, vivía con un problema de salud, muy, pero muy grave.
Cuando me enteré del hecho, sentí en mi interior, una serie de emociones, y experimenté lo que cualquiera hubiera sentido, ante este hecho. Lo tomé como una noticia, ¡Sin que me afectara personalmente! Como suele suceder, expresé la tan acostumbrada frase: ¡Qué pena! ¡Cuánto lo siento! Expresiones y pensamientos hipócritas, tan diplomáticos, que a la verdad, muchas veces, ¡No lo sentimos!
Pasaron algunas semanas, pues sin conocer a la niña, ni a la madre, hice oración y le pedí al Señor Jesucristo que sanara a la niña, o que al menos mostrara a través de su caso, lo que él quería enseñar a sus padres, familiares, amigos y sociedad. A la niña la han evaluado muchos especialistas y, los médicos tratantes en “un país desarrollado”, le han dado esperanza de vida. Ya no le realizan la quimioterapia. La llevan a su control cada dos meses. Ha recuperado su cabello. Se le ve muy saludable.
Pues, verán, ¡Me sentí muy alegre por su recuperación! He alabado y bendecido a Dios por la salud de la pequeña. Le he agradecido por su bondad y misericordia. Pero, tengo un pensamiento y con éste, una interrogante que me ha venido acompañando desde que me informaron de su situación y enfermedad: ¿Por qué la niña tiene cáncer? ¿A qué o a quiénes se debe este problema de salud en una niña? Como en el caso descrito, en el Evangelio de San Juan, acerca del ciego de nacimiento, ¿Es el pecado de la niña, de sus padres, familia o de la sociedad?
Dios tiene una respuesta para cada caso, para cada persona. He tratado de comprender este hecho real… La verdad, ¡NO LO ENTIENDO! Podría ensayar muchas explicaciones lógicas que respondan a mis propias interrogantes. Pero, creo que, ¡NO ME LLEGARÍAN A SATISFACER!
La respuesta, ¿Dónde está? ¿Qué es lo que Dios quiere de mi en este contexto? ¿Qué debo hacer? A mi modesta manera de ver los acontecimientos, es que debemos considerar, todos los elementos que conllevan a la enfermedad de la niña y su aparente sanidad o estado saludable.
El primero de los elementos, la familia y sus antecesores de la niña, evidencian una excelente posición y situación económica. No tiene ningún apremio, porque no tienen necesidades materiales. Tienen suficientes recursos económicos, como para alimentar y sostener, tal vez, algunas miles de familias, ¡Por toda su vida! Es decir, ¡SON RICOS!
La niña nació y ha crecido en medio de la mejor atención, alimentación, cuidado, etc., ¿Qué ha fallado, entonces? ¿Será una cuestión genética? ¿Tal vez algún descuido involuntario de la madre durante la gestación?
La respuesta es, que aparentemente, esto no puede ser ni genético, ni descuido de la madre, porque tiene otros tres hijos. Uno mayor que la niña y dos menores que ella, ¡Todos sanos!
El segundo elemento, los sentimientos, temperamento, actitudes. En buena cuenta, la personalidad de los padres y antecedentes familiares. Observando el desenvolvimiento de la familia, especialmente de los padres, solo puedo hallar lo siguiente: La madre es de las personas que no puede ser capaz de levantar y llevar consigo un maletín, ¡Una bolsa! Ella exige, que su personal lo haga por ella. No sería tan malo, si al menos, lo pidiera con dulzura o buenas maneras. Ella lo exige con voz autoritaria, y muchas veces, con tono despectivo, quizás queriendo demostrar calidad.
No es capaz de salir de paseo con sus hijos, o estar un momento como madre, sola con sus hijos. ¡Siempre depende del personal de apoyo! Sus expresiones, en ocasiones, son muy duras y poco amables para su personal. No evidencia que enseñe a sus hijos que sean educados, que saluden a los demás, que pidan un servicio con cortesía. Los niños, nunca saludan y expresan las mismas palabras con tono autoritario y despectivo de la madre. ¿No será acaso, ésta la posible causa?
¡Quizás, sea así! Dado que son sentimientos que van alimentando bien o mal nuestro espíritu. Recordemos, también que, la influencia genética o espiritual se transmite desde y hasta la cuarta generación, sea ascendente o descendente.
El tercer elemento que he considerado, ¡No tienen ningún vínculo o experiencia de fe conocida! Tal vez tienen alguna tradición religiosa, pero... ¡No participan de ninguna Celebración Religiosa! Me parece que, sólo tienen a un dios: ¡SU BOLSILLO! Pues, como no han sufrido necesidad económica alguna, no han sufrido por hambre, desempleo u otra necesidad básica, es decir que no han tenido urgencias económicas; tal vez, por eso, ¡NO HAN NECESITADO REALMENTE DE DIOS!
No he percibido el más mínimo interés por dar testimonio de fe en Dios… algún acercamiento, algún signo. La verdad, ¡NADA!
Por consiguiente, ¿Será, tal vez, éste el elemento causal de la situación de la niña? ¡SÍ! Pienso que sí. Es un elemento importante, para entender la naturaleza de la enfermedad y lo que Dios desea mostrarles a esta familia y a la sociedad, ¡PARA SU SALVACIÓN!
Ahora bien, de los tres elementos anotados, ¿Es malo ser rico? ¡No! Lo malo es no saber compartir lo que se tiene, con los que no tienen nada. ¿Cómo compartir? Estableciendo procedimientos y estrategias, que contribuyan a que los necesitados, no sean dependientes de una limosna; a que no se acostumbren a lo fácil; a que no se estimule el ocio y la vagancia. En suma, creando fuentes de autosostenimiento económico y desarrollo personal.
Algo más, también conviene señalar, sí es malo, la forma de obtener la riqueza, cuando es ilícita. Un día mi hija me escribió un mensaje, que decía: “DETRÁS DE UNA RIQUEZA, EXISTE UNA MENTIRA” ¿Cómo entendemos esto? Nadie que tenga bienes o riqueza, los ha logrado como fruto de su trabajo, ahorro; ojo, ¡La mayoría! Las han obtenido, beneficiándose con engaños, mintiendo, estafando y aprovechándose de los demás. Inclusive se ha hecho uso de leyes y normas que favorezcan la propiedad de esos bienes o riqueza obtenida. La acumulación de riquezas, en muchos casos, ha generado, también en muchas personas: ¡Dolor, pesar, tristeza, pobreza, miseria, hambre, enfermedad y muerte! En suma, ¡INJUSTICIA!
Estos males que ha generado en tantas personas, ¡Dios, no lo ha ignorado! ¡Los tiene presente! Por esa razón, habla Jesús, al joven rico, diciéndole que venda todo y lo entregue a los pobres. Por tanto, si no se sabe administrar la riqueza, es decir obtenerla lícitamente y compartirla, es probable que afecte nuestro espíritu.
Por otro lado, ¿Es malo ser autoritario, despectivo o tener formas y posturas descorteces para tratar o relacionarnos con los demás? ¡Sí! Definitivamente, tenemos que tratarnos como hermanos. Con respeto, con dignidad, de buenas maneras. Tratar mal a las personas, causa sufrimiento y alimenta resentimientos, rencores y odios. Estos sentimientos, afectan nuestro espíritu. No podemos ir por la vida despreciando y tratando mal a las personas, aún cuando las tengamos como nuestros empleados o a nuestro servicio. El hecho de que trabajen para nosotros, no significa que debemos agraviar su dignidad y atropellar sus derechos. Debemos exigir que cumplan con sus funciones y obligaciones de la manera más eficiente, pero no podemos arrasa su autoestima y dignidad.
San Pablo, en sus cartas a los Gálatas y a los Corintios, nos presenta la forma en que se ahoga y asfixia el Espíritu de Amor en nuestras vidas. De manera, que tal como él mismo señala, el templo de dicho Espíritu se convierte en un elefante blanco, porque el Espíritu de Amor, no puede morar en sus templos, debido a la forma en que se le ha asfixiado, con la acumulación de sentimientos y emociones negativos.
Finalmente, ¿Afecta nuestra vida, si ignoramos o no tomamos en cuenta a Dios? ¡Sí! Lo primero es, que somos ingratos, es decir desleales e infieles, porque omitimos lo importante que es, ¡Reconocer y agradecer el DON DE LA VIDA que procede de Dios! Sin este valioso don, ¡NO SOMOS NADA!
En segundo lugar, ignoramos un principio valioso: Amar y honrar a Dios en todo momento y celebrar sus fiestas, o los días en que es importante rememorar su presencia y lo que ha hecho por nosotros. No hacerlo, representa, como en el caso anterior, ¡Ingratitud!
En tercer lugar, representa decirle a Dios, que no queremos saber de él. Porque nos sentimos seguros de nosotros mismos, de nuestras capacidades y potencialidades. En buena cuenta, le decimos que, ¡NO LO NECESITAMOS! Demostramos con esto, ¡AUTOSUFICIENCIA Y SOBERBIA!
Como pueden observar, en el caso de la niña, hay cuestiones que Dios nos ha ido aclarando, para entender estos hechos y lo que nos ocurre en la vida cotidiana:
1. Es importante no generar sentimientos y emociones negativos en los demás; porque ellos son una cuenta, que tarde o temprano la tenemos que cancelar nosotros o nuestros descendientes.
2. Necesitamos reconciliarnos con quiénes les hemos causado dolor, sufrimiento o les hemos arrebatado algún bien o propiedad, o quizás les hemos engañado y nos hemos aprovechado de sus capacidades. Recordemos que toda reconciliación para ser completa o total, debe estar acompañada de la reparación correspondiente.
3. Debemos reconocer, que nuestro Padre Amado, nos ha dado la oportunidad de vivir en su creación, en su obra; nos ha ofrecido a su Hijo Amado, para que nos enseñe el camino de la felicidad, y; nos ha enviado al Espíritu de Amor, para que nos ayude a vivir en plenitud, este reconocimiento y alcanzar la salvación, por acción y obra del Hijo Amado.
¿Qué desea Dios, que yo realice en el caso de la niña? Lo único que se hacer… ¡ORAR! Pedirle al Señor de la Vida, que ilumine la vida de sus padres y la vida de la niña; también que toque los corazones de sus familiares y les muestre el Camino de Salvación. Para ello, que envíe nuestro Señor un mensajero, para que esta familia, encuentre el camino a seguir.
¿Qué podemos hacer todos los demás? ¡Acompáñenme todos!
Padre Santo, tú conoces y sabes lo que somos. Tú sabes lo que sentimos y pensamos. Sabes, ¿Cuáles son nuestras intenciones? Por eso mismo, ¡Ayúdanos! A descubrir aquello que puede estar afectando la salud y bienestar de mis hijos o de mis familiares; para que al poder reconocerlo, ¡Lo sanes, en el nombre de nuestro señor Jesucristo! Y, con la ayuda, consuelo, apoyo y soporte del Espíritu de Amor.
Gracias Padre Amado, porque sé y creo que has atendido mi oración. ¡Bendito seas! ¡Glorificado sea tu nombre! ¡Alabado sea mi Dios! ¡Aleluya! ¡Grande, grande es tu misericordia! ¡Te amo Dios mío!
Amén





