Tengo muchas cosas que debo sanar en mi vida… Son tantas, ¡Cómo los días que he vivido! Esto es lo que el ser humano tiene que hacer: Vivir plenamente, pero sin atentar contra sí mismo, ni contra los demás. Esto significa vivir plenamente en la presencia y guía de Dios.
Siguiendo en esa maravillosa relación de mi intento por vivir plenamente la experiencia de la presencia de Dios, en mi vida… y, al tratar de corresponderle al bello regalo de la vida, que me da gratuitamente, me pasó un incidente, que desde luego es interesante yno deja de ser importante, como para poder hacer la reflexión de hoy.
Una pequeñita de unos cinco años aproximadamente, me preguntó: “¿Cómo te llamas?” Le respondí, dándole mi nombre. Su comentario me dejó extrañado, porque afirmó,”¡Qué feo es tu nombre!”
Esta afirmación, me ha dado vueltas en mi mente, sin encontrar explicación sobre las motivaciones o sentimientos que ha tenido y tiene la pequeña. Sin embargo, quisiera especular a partir de esto. Desde hace más o menos dos décadas en el Perú, se ha venido enfatizando mucho sobre la autoestima y la asertividad en los menores de edad. Maestros, psicólogos, sociólogos, antropólogos y otros tantos profesionales más, han venido insistiendo en este tema, para fortalecer el espíritu caído o alicaído de nuestra población. ¿Será cierto, entonces, que somos acomplejados y tenemos una personalidad frágil o disminuida?
Puede ser que sea cierto, si tomamos en cuenta experiencias dolorosamente frustrantes y determinantes de cómo se destruye la dignidad de los hijos de Dios. Recuerdo como si fuera hoy, que en mi primer año de estudios en la escuela pública, algunos compañeros de estudios, me pusieron varios apelativos, acerca de mi miopía. Claro está que, encima se burlaban, de manera muy exagerada. Esto generó en mí, sentimientos de temor, vergüenza, limitación o incapacidad. Estos sentimientos, me han acompañado a lo largo de mi vida y me han tenido atado; de manera que, no he sido libre para expresarme como cualquier persona.
¿Cuánto me afectó ese maltrato y poca sensibilidad de mis compañeros de estudios? ¡Muchísimo! La dimensión de ello se puede deducir al mencionar algunas vivencias. Cuando tenía más menos catorce años, fui invitado a participar en un grupo parroquial de jóvenes. Cuando el asesor, me invitó a presentarme a los demás, ¡Me moría de vergüenza! Afloró en mí, como catarsis, todo lo vivido desde niño, recordando las burlas de los demás. Más grave fue, cuando me tocó la primera vez hacer la lectura bíblica en la Celebración Dominical (Misa). Sudaba, enrojecía, se me apagaba la voz, me temblaban las piernas. Ni qué decir, se me nublaba la vista y lo que leía, ¡Lo hacía sin sentido! ¡Lamentable! ¡Muy lamentable!
Descubrí por mis investigaciones y por las pláticas en donde participé, que: ¡Era muy, pero muy tímido! Pero, ¿De dónde nació esa timidez? ¡De las burlas de mis compañeros!
Hoy se habla del bullying, del maltrato entre congéneres. Es una manera elegante de llamarlo; pero, es solamente: ¡ESPÍRITU DE BURLA!
Este espíritu malo, procede del mal, que se posesiona de niños y adolescentes, para disminuir o destruir la dignidad, el valor y el prestigio, así como el honor de quien es maltratado. En un principio, sólo se burlan, después se insulta, más adelante se agrede verbalmente y finalmente se agrede físicamente. Si ese es el proceso, ¿Cómo darle solución?
Antes de plantear salidas, quiero anotar, que la timidez de la que he sido objeto, me ha traído una serie de problemas para relacionarme con los demás. No he podido decirles a las chicas de mi juventud, que deseaba compartir un helado con ellas; que deseaba conversar un momento con ellas o salir a pasear.
Nunca, me atreví a decirle a una chica, a quien amé en silencio, acerca de mis sentimientos. Me los guardé… y por timidez, ¡Nunca se los expresé!
Han pasado los años y me enteré, que ella se ha casado con un amigo de aquella época. Hoy, ¡Claro está! Sólo le pido a Dios los bendiga y deseo que sean felices.
¿Se imaginan? Ha sido muy duro saber y sentirme limitado. En adelante, he tenido algunas experiencias amorosas, pero no fueron por mi iniciativa. Siempre fueron porque las chicas me expresaron sus sentimientos y solo respondí… ¡Para que no dudaran de mi virilidad! Pero, así como lo expresaron; así también, ¡Me dejaron!
A más de una de ellas, les pedí matrimonio. No hubo respuesta positiva…. ¡Me dejaron plantado! ¡Se fueron con otra persona!
Como podrán observar, por la burla: la timidez, la frágil autoestima, me han herido profundamente en mi dignidad, en mi personalidad. Esto sin dudas, han hecho de que no sea feliz y no contribuya en su felicidad a mi esposa. Han pesado más mis sentimientos de frustración y mis complejos, que no me han dado cabida a ser libre, digno, sano y capaz de disfrutar sin temor alguno de la compañía de los demás.
La afirmación de la pequeña, ”¡Qué feo es tu nombre!”, llega a mí cuando estoy viviendo un maravilloso momento de encuentro con Dios. Sólo después de expresar lo que he anotado arriba, nuestro Padre Amado, ha presionado suave y delicadamente mi corazón y también mi cerebro. Al primero, para que afloren esos sentimientos que me han perjudicado, y; al segundo, para que emerjan hechos que me han ido ayudando en la vida, para ir superando esas limitaciones.
El Espíritu de Amor, me ha recordado que cuando tenía unos once años, leyendo un libro, descubrí la personalidad de nuestro Señor Jesucristo, y le conocí mejor, cuando leí el Nuevo Testamento. Fue el Espíritu de Amor que me iluminó a esa edad, para enfrentar los problemas en los que ya estaba envuelto. Sólo que, yo no era consciente de esa acción de Dios. He sido tan, pero tan poco lúcido, porque han primado mis sentimientos, mi manera de entender la vida, los que han ido amordazando, poniéndole grilletes o camisa de fuerza al Espíritu de Amor. ¡No le han dejado actuar al Espíritu de Amor en mi vida!
¿Cuántas veces actuamos así? ¡SIEMPRE! ¡CASI SIEMPRE! Sólo que después nos preguntamos, ¿Por qué me pasa eso a mí? ¡Sí yo no hice nada!
¡Claro! Nosotros no generamos el problema. Pero, lo agravamos, cuando apagamos el fuego del Espíritu de Amor. Nos quedamos en nuestra infelicidad, aún cuando Jesucristo nos muestra el camino a seguir y nosotros vamos en el sentido contrario o nos quedamos parados y no caminamos. Destruimos nuestra conciencia, nuestro espíritu y nuestro cuerpo, tratando de responder filosófica, científica y tecnológicamente los retos de la vida. Dios Padre nos está señalando, permanentemente, lo maravillosos de su creación, para ser plenamente amos y señores del cosmos. Es decir, en buena cuenta, ¡Alejamos a Dios de nuestras vidas! ¿Cómo lo hacemos? Veamos. En nuestras escuelas públicas y privadas, ¿Cuál es el principal valor que se inculca? ¡Éxito! ¡Ganar dinero! ¡Ser triunfadores! Lo mismo ocurre en la familia.
¡Bien, muy bien! Pero… ¿Todos serán exitosos? ¡NO! Primero, no todos tienen las mismas oportunidades, los mismos recursos, capacidades, potencialidades. Cada uno es único, irremplazable e insustituible. Todos somos hijos de Dios por el Bautismo; pero, ¡NO TODOS ACTUAMOS Y VIVIMOS COMO HIJOS DE DIOS! Segundo, las escuelas han dejado de lado la orientación religiosa en las aulas, han desaparecido de los contenidos los cursos con carga axiológica y formativa. Para los “educadores iluminados” de nuestro tiempo sólo sirven la matemática, la física y química. En ése orden, lo demás para esos “iluminados”, ¡NO SIRVE!
Frente a lo dicho, ¿Por qué, entonces, nos quejamos del bullying, de las pandillas, de la creciente delincuencia, de la violencia sexual, del erotismo y sensualismo, del individualismo, egoísmo y discriminación existentes?
La sociedad, así como la falta de integridad y solvencia moral de la mayoría de profesionales de este tiempo, han generado y son los directos responsables del deterioro de nuestra sociedad. Aparejado a ellos, se encuentran también los líderes y directivos de las iglesias y comunidades religiosas, de las diferentes confesiones o credos, porque han dejado a un lado la proclamación de Jesucristo y su Evangelio, en sus propias escuelas; le han dado mayor énfasis, a la formación materialista, empiriocriticista y “científica”.
Entonces, la primera tarea, es volver a las fuentes; la fuente de vida es: Dios. Una segunda tarea, es ponernos en manos de nuestro Señor Jesucristo, para pedirle que nos ayude a ser libres de la falta de autoestima, timidez, complejos, temor y cobardía.
Para eso, le pedimos a nuestro Padre Amado, nos envíe su Espíritu de Amor, para que a través de él, podamos discernir los momentos, hechos, situaciones, experiencias, palabras, comentarios, miradas, gestos, que nos han dañado nuestra autoestima, libertad, capacidad de asertividad. En buena cuenta, lo que nos oprime y no nos hace felices.
Para poder sanarnos, conversemos con Dios.
Bendito y alabado seas, ¡Señor Jesucristo! Señor y salvador mío. ¡Glorifico tu nombre! Agradezco tu presencia en mi vida. Hoy día quiero contarte lo que siento en mi vida. Bien sé que lo conoces, pero te lo voy narrar como lo siento, porque así lo entiendo que eso, me ha causado mucho daño y no he vivido tranquilo, ni he podido siquiera reír en paz. Muchas veces he estado con amigos y familiares, pero me he sentido solo. Otras veces he luchado por alcanzar un objetivo, lo he logrado, pero me he sentido vacío. Y así, he tenido tantas experiencias, que siento no me han hecho feliz. Por eso, te pido, Señor, que intercedas por mí ante nuestro Padre Amado, para que envíe su Espíritu de Amor y escudriñe y hurgue en mi vida y sobre todo en mi espíritu, para que pueda sanar aquello que hoy desea hacerlo y sea para su ¡Gloria!
¡Santo Espíritu de Amor! Aquí me tienes, soy materia dispuesta. Te pido que intervengas en toda mi vida, mi pasado y mi presente. Hazme ver y recordar aquél momento triste y desagradable, que no me deja ser libre y ser feliz.
En el nombre de nuestro Señor Jesucristo, lo ato, arranco y lo pongo a los pies de la cruz, para que así atadas y amordazadas, esas experiencias sean sanadas y en su relevo, coloque nuestro Padre Amado, sentimientos de amor, confianza, seguridad, firmeza, tranquilidad y serenidad.
Gracias Padre Amado, porque creo has escuchado mi oración. Te bendigo Jesucristo, el más grande tesoro en mi vida. Bendito Espíritu de Amor, por tu gran ayuda y cosuelos. Amén
Siguiendo en esa maravillosa relación de mi intento por vivir plenamente la experiencia de la presencia de Dios, en mi vida… y, al tratar de corresponderle al bello regalo de la vida, que me da gratuitamente, me pasó un incidente, que desde luego es interesante yno deja de ser importante, como para poder hacer la reflexión de hoy.
Una pequeñita de unos cinco años aproximadamente, me preguntó: “¿Cómo te llamas?” Le respondí, dándole mi nombre. Su comentario me dejó extrañado, porque afirmó,”¡Qué feo es tu nombre!”
Esta afirmación, me ha dado vueltas en mi mente, sin encontrar explicación sobre las motivaciones o sentimientos que ha tenido y tiene la pequeña. Sin embargo, quisiera especular a partir de esto. Desde hace más o menos dos décadas en el Perú, se ha venido enfatizando mucho sobre la autoestima y la asertividad en los menores de edad. Maestros, psicólogos, sociólogos, antropólogos y otros tantos profesionales más, han venido insistiendo en este tema, para fortalecer el espíritu caído o alicaído de nuestra población. ¿Será cierto, entonces, que somos acomplejados y tenemos una personalidad frágil o disminuida?
Puede ser que sea cierto, si tomamos en cuenta experiencias dolorosamente frustrantes y determinantes de cómo se destruye la dignidad de los hijos de Dios. Recuerdo como si fuera hoy, que en mi primer año de estudios en la escuela pública, algunos compañeros de estudios, me pusieron varios apelativos, acerca de mi miopía. Claro está que, encima se burlaban, de manera muy exagerada. Esto generó en mí, sentimientos de temor, vergüenza, limitación o incapacidad. Estos sentimientos, me han acompañado a lo largo de mi vida y me han tenido atado; de manera que, no he sido libre para expresarme como cualquier persona.
¿Cuánto me afectó ese maltrato y poca sensibilidad de mis compañeros de estudios? ¡Muchísimo! La dimensión de ello se puede deducir al mencionar algunas vivencias. Cuando tenía más menos catorce años, fui invitado a participar en un grupo parroquial de jóvenes. Cuando el asesor, me invitó a presentarme a los demás, ¡Me moría de vergüenza! Afloró en mí, como catarsis, todo lo vivido desde niño, recordando las burlas de los demás. Más grave fue, cuando me tocó la primera vez hacer la lectura bíblica en la Celebración Dominical (Misa). Sudaba, enrojecía, se me apagaba la voz, me temblaban las piernas. Ni qué decir, se me nublaba la vista y lo que leía, ¡Lo hacía sin sentido! ¡Lamentable! ¡Muy lamentable!
Descubrí por mis investigaciones y por las pláticas en donde participé, que: ¡Era muy, pero muy tímido! Pero, ¿De dónde nació esa timidez? ¡De las burlas de mis compañeros!
Hoy se habla del bullying, del maltrato entre congéneres. Es una manera elegante de llamarlo; pero, es solamente: ¡ESPÍRITU DE BURLA!
Este espíritu malo, procede del mal, que se posesiona de niños y adolescentes, para disminuir o destruir la dignidad, el valor y el prestigio, así como el honor de quien es maltratado. En un principio, sólo se burlan, después se insulta, más adelante se agrede verbalmente y finalmente se agrede físicamente. Si ese es el proceso, ¿Cómo darle solución?
Antes de plantear salidas, quiero anotar, que la timidez de la que he sido objeto, me ha traído una serie de problemas para relacionarme con los demás. No he podido decirles a las chicas de mi juventud, que deseaba compartir un helado con ellas; que deseaba conversar un momento con ellas o salir a pasear.
Nunca, me atreví a decirle a una chica, a quien amé en silencio, acerca de mis sentimientos. Me los guardé… y por timidez, ¡Nunca se los expresé!
Han pasado los años y me enteré, que ella se ha casado con un amigo de aquella época. Hoy, ¡Claro está! Sólo le pido a Dios los bendiga y deseo que sean felices.
¿Se imaginan? Ha sido muy duro saber y sentirme limitado. En adelante, he tenido algunas experiencias amorosas, pero no fueron por mi iniciativa. Siempre fueron porque las chicas me expresaron sus sentimientos y solo respondí… ¡Para que no dudaran de mi virilidad! Pero, así como lo expresaron; así también, ¡Me dejaron!
A más de una de ellas, les pedí matrimonio. No hubo respuesta positiva…. ¡Me dejaron plantado! ¡Se fueron con otra persona!
Como podrán observar, por la burla: la timidez, la frágil autoestima, me han herido profundamente en mi dignidad, en mi personalidad. Esto sin dudas, han hecho de que no sea feliz y no contribuya en su felicidad a mi esposa. Han pesado más mis sentimientos de frustración y mis complejos, que no me han dado cabida a ser libre, digno, sano y capaz de disfrutar sin temor alguno de la compañía de los demás.
La afirmación de la pequeña, ”¡Qué feo es tu nombre!”, llega a mí cuando estoy viviendo un maravilloso momento de encuentro con Dios. Sólo después de expresar lo que he anotado arriba, nuestro Padre Amado, ha presionado suave y delicadamente mi corazón y también mi cerebro. Al primero, para que afloren esos sentimientos que me han perjudicado, y; al segundo, para que emerjan hechos que me han ido ayudando en la vida, para ir superando esas limitaciones.
El Espíritu de Amor, me ha recordado que cuando tenía unos once años, leyendo un libro, descubrí la personalidad de nuestro Señor Jesucristo, y le conocí mejor, cuando leí el Nuevo Testamento. Fue el Espíritu de Amor que me iluminó a esa edad, para enfrentar los problemas en los que ya estaba envuelto. Sólo que, yo no era consciente de esa acción de Dios. He sido tan, pero tan poco lúcido, porque han primado mis sentimientos, mi manera de entender la vida, los que han ido amordazando, poniéndole grilletes o camisa de fuerza al Espíritu de Amor. ¡No le han dejado actuar al Espíritu de Amor en mi vida!
¿Cuántas veces actuamos así? ¡SIEMPRE! ¡CASI SIEMPRE! Sólo que después nos preguntamos, ¿Por qué me pasa eso a mí? ¡Sí yo no hice nada!
¡Claro! Nosotros no generamos el problema. Pero, lo agravamos, cuando apagamos el fuego del Espíritu de Amor. Nos quedamos en nuestra infelicidad, aún cuando Jesucristo nos muestra el camino a seguir y nosotros vamos en el sentido contrario o nos quedamos parados y no caminamos. Destruimos nuestra conciencia, nuestro espíritu y nuestro cuerpo, tratando de responder filosófica, científica y tecnológicamente los retos de la vida. Dios Padre nos está señalando, permanentemente, lo maravillosos de su creación, para ser plenamente amos y señores del cosmos. Es decir, en buena cuenta, ¡Alejamos a Dios de nuestras vidas! ¿Cómo lo hacemos? Veamos. En nuestras escuelas públicas y privadas, ¿Cuál es el principal valor que se inculca? ¡Éxito! ¡Ganar dinero! ¡Ser triunfadores! Lo mismo ocurre en la familia.
¡Bien, muy bien! Pero… ¿Todos serán exitosos? ¡NO! Primero, no todos tienen las mismas oportunidades, los mismos recursos, capacidades, potencialidades. Cada uno es único, irremplazable e insustituible. Todos somos hijos de Dios por el Bautismo; pero, ¡NO TODOS ACTUAMOS Y VIVIMOS COMO HIJOS DE DIOS! Segundo, las escuelas han dejado de lado la orientación religiosa en las aulas, han desaparecido de los contenidos los cursos con carga axiológica y formativa. Para los “educadores iluminados” de nuestro tiempo sólo sirven la matemática, la física y química. En ése orden, lo demás para esos “iluminados”, ¡NO SIRVE!
Frente a lo dicho, ¿Por qué, entonces, nos quejamos del bullying, de las pandillas, de la creciente delincuencia, de la violencia sexual, del erotismo y sensualismo, del individualismo, egoísmo y discriminación existentes?
La sociedad, así como la falta de integridad y solvencia moral de la mayoría de profesionales de este tiempo, han generado y son los directos responsables del deterioro de nuestra sociedad. Aparejado a ellos, se encuentran también los líderes y directivos de las iglesias y comunidades religiosas, de las diferentes confesiones o credos, porque han dejado a un lado la proclamación de Jesucristo y su Evangelio, en sus propias escuelas; le han dado mayor énfasis, a la formación materialista, empiriocriticista y “científica”.
Entonces, la primera tarea, es volver a las fuentes; la fuente de vida es: Dios. Una segunda tarea, es ponernos en manos de nuestro Señor Jesucristo, para pedirle que nos ayude a ser libres de la falta de autoestima, timidez, complejos, temor y cobardía.
Para eso, le pedimos a nuestro Padre Amado, nos envíe su Espíritu de Amor, para que a través de él, podamos discernir los momentos, hechos, situaciones, experiencias, palabras, comentarios, miradas, gestos, que nos han dañado nuestra autoestima, libertad, capacidad de asertividad. En buena cuenta, lo que nos oprime y no nos hace felices.
Para poder sanarnos, conversemos con Dios.
Bendito y alabado seas, ¡Señor Jesucristo! Señor y salvador mío. ¡Glorifico tu nombre! Agradezco tu presencia en mi vida. Hoy día quiero contarte lo que siento en mi vida. Bien sé que lo conoces, pero te lo voy narrar como lo siento, porque así lo entiendo que eso, me ha causado mucho daño y no he vivido tranquilo, ni he podido siquiera reír en paz. Muchas veces he estado con amigos y familiares, pero me he sentido solo. Otras veces he luchado por alcanzar un objetivo, lo he logrado, pero me he sentido vacío. Y así, he tenido tantas experiencias, que siento no me han hecho feliz. Por eso, te pido, Señor, que intercedas por mí ante nuestro Padre Amado, para que envíe su Espíritu de Amor y escudriñe y hurgue en mi vida y sobre todo en mi espíritu, para que pueda sanar aquello que hoy desea hacerlo y sea para su ¡Gloria!
¡Santo Espíritu de Amor! Aquí me tienes, soy materia dispuesta. Te pido que intervengas en toda mi vida, mi pasado y mi presente. Hazme ver y recordar aquél momento triste y desagradable, que no me deja ser libre y ser feliz.
En el nombre de nuestro Señor Jesucristo, lo ato, arranco y lo pongo a los pies de la cruz, para que así atadas y amordazadas, esas experiencias sean sanadas y en su relevo, coloque nuestro Padre Amado, sentimientos de amor, confianza, seguridad, firmeza, tranquilidad y serenidad.
Gracias Padre Amado, porque creo has escuchado mi oración. Te bendigo Jesucristo, el más grande tesoro en mi vida. Bendito Espíritu de Amor, por tu gran ayuda y cosuelos. Amén
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